¿Pero qué le pasa a la moda con el fútbol?
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¿Pero qué le pasa a la moda con el fútbol?

Que no al fútbol con la moda. Analizamos el reciente interés de la industria por el deporte rey.
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Para que no quepa lugar a duda, la relación entre fútbol y moda se ha caracterizado siempre por brillar por su ausencia. Eso, o es tan platónica que nunca ha llegado a materializarse. Para muestra paso a relatar mi experiencia. Trabajo en una redacción donde se hacen revistas de moda masculinas y femeninas desde hace casi siete años, y en ninguno he podido compartir ni mi alegría ni mi pena con las victorias y fracasos de mi equipo sin recibir como respuesta cejas levantadas o muecas de rechazo. El fútbol no ha sido considerado como actividad deportiva o cultural lo suficientemente interesante como para alimentarse de ella, como sí lo han sido el tenis o el skate, por mentar dos extremos. La industria de la moda, tan altiva ella, ha renegado tanto del fútbol como de los millonarios del este que suponen, dicho sea de paso, uno de sus mayores sustentos. Hasta ahora. Pero que nadie se llame a engaño: en ningún momento estamos hablando de los futbolistas y la moda, sino de la moda y el fútbol. 

Por difícil que parezca a juzgar por los ríos de tweets que generan los trajes de Messi, los peinados de Neymar o el uso que de las joyas hace Cristiano Ronaldo, la élite de la industria no los comenta. Ni siquiera Beckham y señora fueron dignos de mención hasta que el primero se retiró y la segunda estableció su propia firma, aunque ahora nos guste recordar con nostalgia sus mejores looks en pareja. Los futbolistas son, digamos, víctimas de su propio estilo (que inevitablemente pasa por la ostentación) y no dictadores de tendencias. Daños colaterales de precisamente aquello de lo que el núcleo duro de la industria reniega: considerar que basta con pasar por caja para ir bien vestidos, aunque para la mayoría de los mortales sea imposible llevar lo último de Gucci sin pagar un precio muy alto. 

Desplegada la lista negra, cabe señalar algunas excepciones: al redimido sir David Beckham le acompañan Johan Cruyff, Zidane o Hidetoshi Nakata, pero no dejan de ser eso: excepciones. 

Se ha quedado pendiente un “hasta ahora”, porque en las últimas temporadas el fútbol parece haber despertado cierto interés en los diseñadores. No es el fútbol de los futbolistas, sino el de las aficiones. Podríamos pensar que es por el Mundial, pero comenzó antes de que hinchas y firmas empezasen a pensar en el juego. Así que las probabilidades de que la semilla que hizo germinar este repentino interés sea una combinación de la necesidad de darle la quinta vuelta al streetwear y la carencia de tribus urbanas asociadas a un movimiento musical en la generación que nos ocupa, aumentan. Favorece también el hecho de que en Estados Unidos por fin se hayan rendido a los encantos de nuestro deporte rey. 

La moda, con su inagotable capacidad para apropiarse de lo ajeno, acaba de caer en la cuenta de que el fútbol es una de las formas de comunicación más efectivas y emocionales del planeta. Si no, ¿cómo se explica que las patadas a un balón suenen igual en Nigeria que en Rusia? Por no hablar de que si a la conexión emocional de  un grupo le sumamos lo relativamente asequible de las camisetas o bufandas que prueban la pertenencia a él, el éxito está garantizado. Y la industria, que puede ser muy elitista cuando quiere pero siempre vivirá de las ventas, no está para desaprovechar este tipo de oportunidades. 

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