El nuevo chico Carven – L’Officiel
Moda

El nuevo chico Carven

Nos encontramos con Serge Ruffieux, director artístico de Carven, para conocer cómo va a aplicar su aguda sensibilidad a la maison francesa.
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Creada en 1945 por Marie-Louise Carven, cuyo verdadero nombre era Carmen de Tomaso, la maison Carven es la imagen del chic parisino liberado. Convertida en una especie de bella durmiente, sería revivida a partir de 2010 por el diseñador Guillaume Henry, que supo insuflar deseo y estilo a la marca. Después le sucederían Alexis Martian y Adrien Caillaudaud. En 2017, un nuevo capítulo comenzó con la llegada de Serge Ruffieux. Conocido por la industria, sobre todo porque junto a Lucie Meier fue parte del dúo que ejecutó maravillosamente la transición tras la salida de Raf Simons hasta la llegada de Maria-Grazia Chiuri en Dior, para el gran público, en cambio, todavía es un desconocido.

Nuestra cita transcurre a la sombra de la iglesia de Saint-Germain- des-Prés, en la rue de l’Abbaye, en un edificio que se parece mucho a la idea de París que aparece en las películas de Disney. Nos rodean las siluetas de la colección Primavera/Verano desveladas el pasado octubre en el marco de la decoración brutalista de la Universidad Pierre y Marie Curie. Al descubrir ese nuevo guardarropa, se contempla también el verdadero pulso del momento. Asociaciones relevantes y equilibradas entre la estética tradicional ligeramente burguesa y el look más deportivo y casual. Esta mañana todavía se escuchan los aplausos que pusieron fin al espectáculo.

La calefacción está a tope. “Soy muy friolero”, confiesa mientras da una nueva vuelta a las dos bufandas que cubren su cuello. El espacio está bañado en luz, en parte gracias a un enorme espejo propio de un salón de baile. En la oficina circula un número antiguo de Playboy. También un precioso centro de flores, una vela y una tetera de porcelana azul. En un vistazo a la enorme biblioteca se detectan cartas y hojas apiladas (“Son las palabras que recibí después del desfile. Las guardo. Me hacen bien”), la figurilla de un león de mimbre, una daruma (muñeca que, según la tradición japonesa, aporta felicidad –“Todavía no le he pintado el segundo ojo, pero no debería tardar”–), rotuladores de colores... Suenan las campanas de Saint Germain. Es el momento de descubrir quién es realmente Serge Ruffieux.

Da la impresión de ser discreto pero querido; de ser una persona centrada, seria, meticulosa, involucrada... ¿Me equivoco?

Mi nombramiento es algo reciente. Empiezan a conocerme en sociedad, pero hasta ahora casi siempre me encontraba en el backstage. Apoyé la visión de los demás. Ahora depende de mí aportar mi visión de la casa. Eres una de las primeras que me conocen. Me hace feliz. Ser el centro de atención es nuevo para mí. Hago mi trabajo, sigo una disciplina, un rigor que impongo con la creación. No estoy aquí para fanfarronear.

¿Es de carácter ansioso o relajado? ¿Qué energía le define mejor?

En mi interior llevo atrapado un pequeño suizo. Creo que tengo mucho humor y, sobre todo, ironía. Aunque mi cara, que es seria, no me ayuda. Me gusta reír y me gusta el humor, pero en segundo término también me río de mí mismo. En mi trabajo juego con las dos cosas. Es algo instintivo.

Entonces, es espontáneo. ¿Más instintivo que cerebral ?

Puedo reflexionar durante meses sobre el porqué y el cómo de una colección. A veces es demasiado. Pero siempre vuelvo a lo espontáneo. Entre la perplejidad y el sentido común es donde las cosas se juntan. Así es como ha empezado a perfilarse mi estilo Carven.

Cuando asumió el cargo aseguró que sentía afinidad con la figura de madame Carven...

Sí. Creo que pongo la misma atención al detalle, que tengo la misma precisión, control de la prenda, rigor. Creo que sentía más apego por la maestría que por la estética.

Sus propuestas tienen la capacidad de conectar con la actualidad. Tienen el aire del tiempo.

Siempre trato de hacer cosas deseables. Sé que es el concepto del momento, que es recurrente. Para mí, deseable es esa prenda que puedes hacer tuya con facilidad.

Su enfoque no tiene nada de oportunista. Se nota que le viene de dentro. ¿Es eso la moda?

Así evoluciono. Quiero que las mujeres viajen, que las prendas las lleven a otra parte. No sé si es exactamente soñar, pero seguro que las hacen reaccionar y sonreír.

¿Siempre lo ha querido?

Desde la infancia. Crecí en un entorno muy bello, en L’Orient, en el valle de Joux en Suiza, en las montañas. Estaba conectado con la naturaleza. Pasé mucho tiempo soñando. Como sucede a muchos niños, mis primeras pasiones fueron los trenes y el circo. Este último más por la decoración que por el espectáculo en sí. Me gustaba su energía, la idea del viaje. Me levantaba de madrugada para observar el montaje o desmontaje de las carpas, la llegada de los animales. Podía estar horas observando la vida.

¿Y la moda?

Lo primero fue el circo, sus colores, las caravanas. Los circos suizos son sublimes: todavía se ciñen al rigor de diseño del que hablábamos antes. Entonces apareció París. Probablemente, a través de las revistas. Yo mismo me inventé una: se llamaba Cocktails. La hacía con una impresora: recortaba artículos, creé secciones de gastronomía, moda... A los 12 años empecé a dibujar. Y también a preferir coser a las manualidades. Disfrutaba manipulando los tejidos. Fue una vocación. Estaba destinado a esto.

¿Le hace feliz su trabajo?

Sí. Me ha ayudado a liberarme de muchas cosas. Dejé de estudiar pronto: no me gustaba la escuela y me llevaba mejor con los adultos. Siempre estaba observando. Me gradué y me formé como diseñador de moda en un taller suizo de alta costura. Luego comencé Artes Decorativas en Ginebra. Maduré, me di cuenta de quién era. No quería quedarme en la mera observación, quedarme atrapado, congelado. Con la moda escapé, descubrí el entorno que me gustaba. A veces creo que ha sido buena estrella.

Y entonces aterrizó en París.

Para hacer prácticas. Después me fui a Milán para trabajar en Moschino.

¿Aún puede conectar con sus orígenes italianos?

Sí. Mi madre es italiana y mi padre suizo. Mis abuelos, con los que convivía, eran italianos. A veces creo que soy más italiano que suizo. Tengo un temperamento muy explosivo, hecho de alegrías y bromas, francamente mediterráneo. Mi lado suizo es la maestría, la capacidad de prestar atención a los demás y ser cortés. Es un país que está contenido. No me gusta que esté estancado. Recuerdo pedir permiso hasta para hacer una llamada en uno de mis primeros trabajos. Por otra parte, debo admitir que esta minuciosidad está en sintonía con mi trabajo. Mi padre era relojero. Probablemente lo heredé de él.

Su chica Carven, aunque está muy bien educada, tiene un punto de locura. ¿También está presente en ella esa ironía?

No quiero que sea tan fina. Me gustan las explosiones. Quiero que en piezas únicas pueda reconocerse una identidad. Una visión fuerte, pero también un armario con sentido.

¿Y cuáles son sus elementos esenciales?

El guardarropa de Carven está empapado de algo muy urbano, pero auténtico. Como el origen de los tipos de piezas: el polo, por ejemplo, bajo mi lápiz se altera. Me apropié de piezas robadas del armario de mi padre o de mi madre, las dinamité. La cazadora o la camisa oversize, todo mezclado con prendas fluidas y alguna transparencia. Quiero que el efecto sea más delicado que femenino. Me atrae lo obsoleto. Ojalá se convierta en uno de los puntos fuertes de esta casa. Navego, como habrás podido observar, entre los opuestos.

Al configurar esta nueva melodía para Carven, ¿lo está forzando todo?

No. Necesito escribir nuevos parámetros, códigos de color, materiales. Cambié el verde césped, el color legendario de la casa, por un tono más oscuro parecido al abeto, que se encontrará, entre otras cosas, en el logo.

¿Otros ejemplos?

Mis looks se llevan con zapato plano. Yo podría vivir descalzo. Siempre me gustó el aspecto de una mujer con zapatos planos. Es necesario estar cómodo y relajado. Fue un poco mi idea de partida.

Esa importancia que da al dominio de la técnica ¿proviene solo de sus años en Dior o también de los que pasó en Sonia Rykiel y Moschino?

Para aprender de los grandes lo primero que hay que hacer es observar. Así aprendí a hacer mi trabajo, pero mi parte creativa me pertenece. No se la he robado a nadie. Sonia Rykiel me enseñó a liberarme de la mujer a la que visto. Prefiero hacerla soñar que fantasear. Para querer a los demás uno debe ser capaz de quererse a sí mismo, ¿no? Pasé ocho años y medio en Dior, suficiente como para crear muchas colecciones, para pensar tanto en la imagen como en el producto. Vivir los altos y bajos de la maison me hizo fuerte. Hoy trabajo como ellos, busco la perfección en las cosas imperfectas.

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