Diez años de <em>Mad Men</em>: el viaje inútil del antihéroe - L'Officiel España
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Diez años de <em>Mad Men</em>: el viaje inútil del antihéroe

Hoy se cumplen diez años desde que un hombre en traje se caía entre las piernas proyectadas de mujeres en rascacielos de Nueva York.
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Hoy se cumplen diez años desde que un hombre en traje se caía entre las piernas proyectadas de mujeres en rascacielos de Nueva York. La imagen de él abrazando el suelo, como si fuera un póster de Saul Bass, ya nos dejaba adivinar que en Mad Men, al final, el éxito no iba a importar nada. Un hombre vale lo que vale su palabra, y Don Draper siempre tuvo demasiadas. Detrás de aquel hombre varonil, elegante y parco en sus sentimientos, se escondía el mejor producto publicitario de la historia: una pieza inútil pero totalmente necesaria para quienes le rodean. Durante las siete temporadas de la serie el viaje circular del héroe que nunca lo fue partía y terminaba de la misma casilla: seguir disimulando que no se es un verdadero fraude. Mad Men colapsó durante siete temporadas todo lo que nos rodeaba: las conversaciones, la ropa y la propia publicidad. La serie, que se estrenó el 19 de julio de 2007, consiguió abrirnos los ojos y descubrir que los temas que preocupaban a la sociedad americana en los años sesenta no son tan diferentes a los de ahora: alienación, movilidad social, adulterio, machismo y feminismo. Una serie dura, que necesitaba reposo después de cada capítulo y que en muchas ocasiones nos devolvía un reflejo de parcelas ocultas en nosotros mismos que nos negábamos a admitir. A esa mezcla había que añadir unos actores fabulosos, unos personajes con todas las costuras a la vista en cuanto se desnudaban y un vestuario y estética copiada después hasta la extenuación. Con el paso de los episodios y la vida de Draper, la serie poco a poco nos fue señalando lo que el perfecto envoltorio de marketing estaba ocultando al principio: la importancia de la serie recaía en las mujeres. Mad Men consiguió desde el primer momento algo que sólo ha estado a la altura de muy pocas series: ser desde el primer momento, como Los Soprano o The Wire, historia de la televisión. Jon Hamm pasó diez años interpretando a un personaje amado y odiado a partes iguales, un papel de los que consigue eclipsar al actor y convertirlo para siempre en ficción. Hamm era un desconocido cuando consiguió el trabajo y a lo largo de 92 episodios encarnando al creativo más famoso de la publicidad su opinión es clara: Don Draper es mentiroso, oscuro, enrevesado y está atrapado en un permanente vacío existencial.   Imposible dejar de lado a Don Draper y a las mujeres o, por qué no decirlo, el efecto devastador que las mujeres 9 producen en él, ya que la relación entre las dos partes nunca es igualitaria pero tampoco unidireccional. Su matrimonio con la gélida e infeliz Betty Draper, que cuenta tantas cosas mientras está callada, es infinitamente menos sincero que su amistad con Peggy Olson, su inicial y asustadiza secretaria, la única capaz de darle la réplica y estar, en muchas ocasiones, por encima de él. Don Draper es continuamente infiel y lo es de pensamiento, de palabra y de omisión, la única forma que encuentra para callar sus demonios en el tiempo que dura una aventura. La mentira es infinitamente más sencilla que admitir la verdad y pedir confesión, sobre todo para un hombre que su única religión es la de vender medias. Se ha acusado a la serie de abusar a veces de los bucles eternos y de todas las mujeres que han pasado por la vida de Don, pero al final esto es como lo de aquel dibujo explosivo de melena pelirroja: a Draper lo dibujaron así. La serie creada por Matthew Weiner prometía conforme se iba acercando el final una explosión trágica, desgarradora y otro nuevo comienzo eterno en el segundo círculo de Dante. Magistralmente, la última escena final es una sonrisa de satisfacción. La buena publicidad siempre consigue engañarnos.

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