Moda

El valor de las memorias de Joan Juliet Buck

La idea de conocer los escándalos y entresijos de la época dorada de Vogue Paris es tan atractiva que casi logra eclipsar el verdadero valor de las memorias de la que fue su directora durante siete años.
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La idea de conocer los escándalos y entresijos de la época dorada de Vogue Paris es tan atractiva que casi logra eclipsar el verdadero valor de las memorias de la que fue su directora durante siete años.

Las librerías están llenas de ejemplares de memorias de personas que han triunfado. Políticos, actores, artistas o modelos sienten cierta facilidad, incluso una especie de inercia, que les lleva a compartir sus vivencias cuando llegan a determinada edad. Pocas, en cambio, giran en torno al fracaso. Menos todavía si detrás no hay sed de venganza. Joan Juliet Buck (Los Ángeles, 1948) es de las valientes que firma una de las últimas. En The Price Of Illusion (Atria Books) cuenta cómo fue golpeada dos veces por esa institución llamada Condé Nast, y sin duda mentar al gigante Vogue le ha granjeado muchas apariciones en prensa. Pero el trabajo, ya se sabe, nunca es lo más importante.

Escritora, periodista y directora de Vogue Paris durante siete años, su vida habría tenido todas las papeletas para convertirse en una interesante biografía sin ninguno de esos aspectos porque sus bases son de cine: su madre, Joyce Buck, fue actriz y amiga de Lauren Bacall; su padre, Jules Buck, fue productor de cine, socio y amigo de Peter O’Toole y miembro de la clase de familia que se elige de John Huston. Como consecuencia, Buck pasó parte de su infancia en St. Clerans, el castillo que los Huston tenían en Irlanda, y estableció una relación que rozaba la devoción con Ricki Soma (la cuarta mujer del director) y una complicada pero férrea amistad con su hija Anjelica. Algunas píldoras más: su novio de la adolescencia fue Tom Wolfe, por él se matriculó en la universidad Sarah Lawrence de Nueva York y sin él abandonó a los 15 meses por un trabajo de asistente de moda y crítica de libros en Glamour. También tuvo relaciones sentimentales con Donald Sutherland, Eric de Rothschild o Jerry Brown y contrajo matrimonio con John Helpern llevando un vestido de novia regalo de Karl Lagerfeld que hoy se encuentra en los archivos del Costume Institute del Met de Nueva York. Se divorciaron cinco años más tarde. En el apartado profesional, fue asistente de Jeanne Moreau y Guy Bourdin y, tras conocer a Andy Warhol, se convirtió en la corresponsal londinense de Interview. Con las cartas sobre la mesa, pasemos a Vogue.

“Pasé mucho tiempo asociada a esa cabecera y muchas cosas me venían por ello. Ahora la gente quiere conocerme por ser quien soy”

Joan Juliet Buck llevaba años (prácticamente toda su vida laboral) colaborando con esa cabecera y con Vanity Fair. Su papel como directora de Vogue Paris comenzó en 1994 con un escándalo, uno de dimensiones absurdas si tenemos en cuenta los que le sucedieron: era la primera vez que una americana se ponía al frente de la edición francesa de esa revista. Aceptó el trabajo sin conocer el funcionamiento de una redacción porque hasta entonces había sido exclusivamente freelance, pero no tardó en ponerse al día. Aprendió a contratar y a despedir, a relacionarse con firmas y anunciantes y a verlas venir: el día que conoció a Carine Roitfeld supo que sería ella quien la sustituiría algún día, a pesar de que “hasta donde podía ver, su estilo se basaba en poco más que el pelo liso, faldas ajustadas, piernas sin medias y tacones altos, aunque su influencia en la moda fue decisiva”. Cambió la línea editorial y cambió el tipo de imágenes que, hasta su llegada, eran evidentes homenajes al trabajo de Helmut Newton: “Las francesas saben cómo vestirse cuando practican sexo. Necesitan saber qué ponerse cuando no lo practican”. Se atrevió a hacer un número temático dedicado a la física cuántica o a salpicar otro con imágenes de modelos hablando por teléfonos portátiles (“tal y como la vida era interrumpida por los móviles”) cuando su uso comenzó a extenderse. Con todo eso dobló las cifras de circulación de la revista.

Desempeñó su papel durante siete años y el final, desde luego, fue cualquier cosa menos dulce. El presidente de Condé Nast, Jonathan Newhouse, la envió a una clínica de rehabilitación en el año 2000 por un problema de drogadicción que, a pesar de los rumores –en esta industria, siempre a pesar de los rumores– no padecía. Así lo demostraron las pruebas toxicológicas que le realizaron al ingresar, pero Buck estuvo allí 40 días en parte porque era uno de los puntos de su acuerdo de salida, en parte porque como escritora le pudo la curiosidad. 11 años después y recuperada su posición como colaboradora de la editorial, recibió el encargo de escribir un perfil de Asma al-Assad, la primera dama de Siria, para Vogue América. Titulado por el equipo de la revista “Una rosa en el desierto”, en él se podían leer frases como “es glamurosa, joven y muy chic” y se refería al ambiente de su casa como “salvajemente democrático”. Todo en un lenguaje muy Vogue, en una pieza que podría haberse quedado ahí si no fuese porque poco después estalló la Primavera Árabe y el mundo vio la verdadera cara de Assad. En 2012, ya normalizado el uso de Internet y en pleno apogeo de las redes sociales, Buck fue vapuleada por la opinión pública y abandonada por la cabecera, que se desentendió del escándalo con un leve comunicado de prensa. No se han vuelto a referir al tema y es curioso que, a excepción de Vanity Fair, las revistas de Condé Nast hayan ignorado la publicación de este libro.

#memoir #movie up now,shot in Spain by @isabelcoixet.Words and pictures from a life of illusions.#thepriceofillusion https://t.co/5PKSnws3bX

— Joan Juliet Buck (@JoanJulietBuck) 4 de junio de 2017

Tras el escándalo se mudó a vivir a Rhinecliff, un pequeño pueblo al norte de Nueva York, donde vive alejada de los focos, de las viejas amistades de la industria que no lo eran tanto, y donde ha logrado reconciliarse con el mundo tras poner el punto final a sus memorias. Desde allí responde al teléfono con ese tono de voz que solo disfrutan las personas que están en paz consigo mismas.

¿De verdad no habría escrito sus memorias de no haber sido por el episodio de Asma al-Assad?

Desde luego que sí, porque no habría sentido la misma necesidad de contar mi historia. El capítulo de Assad significó que ya no escribiría más para Vogue. Las dos cosas que la gente sabía de mí eran que había sido directora de Vogue Paris y que había escrito ese artículo, y ninguna de las dos las había elegido. Tenía que escribir el libro para entender quién era esa persona que hacía cosas que no elegía y se había hecho famosa por ellas.

¿Fue más difícil vivirlo cuando sucedió o rememorar los hechos para ponerlos sobre el papel?

Tuve que reescribir el libro varias veces. Me tocó revivir los peores momentos una y otra vez: la muerte de mi madre, la de mi padre, el n en Vogue Paris... Pero lo que pasa cuando recuperas las cosas para escribirlas es que las conviertes en algo diferente. Cuando las vives, en cambio, te sientes indefenso. Lo escribí sin rabia. Cuando pasó todo aquello de Assad en 2012 lo único que deseaba era estar con la gente a la que había querido pero estaban muertos en los lugares en los que había sido feliz, pero que ya habían desaparecido. Está escrito con amor porque es inútil escribir con cualquier otro sentimiento.

¿No le parece un poco injusto que Vogue se lleve todos los titulares? Su relación con sus padres fue sin duda más determinante en su historia.

Es la parte más importante del libro. Soy hija única, y creo que si no tienes hermanos ni hermanas siempre estás en relación con tus padres.

¿Cree que alguna vez llegamos a conocerlos?

Creo que al escribir el libro llegué a conseguirlo, pero que en la vida real es más difícil porque reaccionamos con nuestras emociones. Eso lo nubla todo. En todo el libro no me refiero a ellos como “mi padre” o “mi madre”, sino que utilizo sus verdaderos nombres para que el lector los conozca como personas independientes, no como personas que me pertenecen. Quería compartir mi vida y la gente a la que amé.

De The Price of Illusion se desprende que ha pasado la mayor parte de su vida tratando de no decepcionar a la gente. ¿Me equivoco?

Está en lo cierto.

¿Habría sido más fácil tratar de complacerse a usted misma?

Sí, habría sido mucho más sencillo y mi vida bastante diferente. A veces desearía haber sido más así.

¿Estos días trata de hacerse feliz?

Sí, ahora sé lo que me hace feliz. Me hace feliz escribir, leer, vivir en el campo, estar dentro de mi propia cabeza. Pasé mucho tiempo asociada a Vogue y muchas cosas me venían por ello, mucha gente quería conocerme por- que era Vogue y ahora la gente quiere conocerme por ser quien soy. Después de seis años (los que me ha llevado escribir este libro), sé lo que me hace feliz porque sé quién soy. En el proceso no podía evitar preguntarme: “¿Quién es esta persona que hace cosas que no quiere hacer?” Ahora puedo cambiar- lo. Lo más raro es que ahora que lo sé, cada vez que intento hacer algo que no quiero hacer me pongo enferma. Así de sencillo: me duele la cabeza, el estómago o tengo una reacción mi piel.

Si hay una lección que se extrae del libro es que nunca es tarde para darse cuenta de las cosas.

Fue difícil de aprender porque la gente te premia por hacer lo que quieren que hagas. En cambio, si haces lo que quieres hacer, tú eres la única persona que lo reconoce. A menudo no pensamos suficiente en nosotros mismos ni buscamos nuestra propia aprobación. Ahí es donde nos metemos en problemas y yo soy la que ha vivido para contarlo [se ríe].

En los últimos días de Vogue Paris se aferraba a la idea de encontrar un hombre para tener algo en caso de que abandonase la revista.

Sí, a la idea del príncipe azul. Ahora mismo no siento que necesite a ningún hombre, simplemente se cruzan en mi camino. Pero en aquellos días, cuando era más joven, me enamoraba constantemente e idealizaba a la gente. Creo que lo de casarme con un rico era más cosa de mi padre, era su deseo. En el libro se refleja en ese momento en el que estoy en el castillo de Karl Lagerfeld sola con mi padre. Fue un momento muy solitario, muy triste. Leía en los periódicos sobre la relación de Lady Di y Dodi Al-Fayed, y me hacía esa idea estúpida de amor adolescente. Para una mujer trabajadora, tener esa idea del amor como sueño adolescente, es lo peor que puedes hacer. Pero forma parte de la idea colectiva. Cuando tratas de encontrarte a ti misma... Bueno, digamos que solo lo consigues alejándote del colectivo.

¿Cree que es posible desempeñar semejante responsabilidad y que funcionen los demás aspectos de la vida personal?

Tal vez, si hubiera tenido una familia antes de aceptar habría sido diferente. Pero era una mujer soltera de 40 años, y trataba de ser atractiva y sexy para otras personas. Si hubiera tenido un buen marido e hijos habría sido diferente. Pero como mujer soltera era complicado, porque tenía que crear una revista y también una relación personal. No creo que puedas crear dos cosas al mismo tiempo.

Aunque está lleno de anécdotas de la industria de la moda, el valor de esta biografía está en la generosidad con la que cuenta su historia. Por suerte, el público se lo está reconociendo: “Cuando lanzabas un libro antes recibías cartas. Ahora extraños se ponen en contacto conmigo a través de Instagram. Me mandan e-mails maravillosos, se crean relaciones muy intensas y directas con los lectores. Estoy viviendo lo opuesto a lo que me pasó en 2012”. No se merece otra cosa.

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