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¿Por qué procrastinamos?

Si procrastinar fuese un deporte olímpico, muchos de nosotros nos llevaríamos la medalla de oro, de eso no hay duda.
Si procrastinar fuese un deporte olímpico, muchos de nosotros nos llevaríamos la medalla de oro, de eso no hay duda. Te contamos el origen de esta práctica tan agridulce. Todos lo hacemos, en mayor o menor medida, admitámoslo. El retrasar una actividad, tarea o decisión es el pan del día a día de muchos y lo cierto es que puede ocasionarnos muchos problemas. Mediante una serie de investigaciones, en estos últimos años se han logrado hallar ciertos patrones repetitivos entre la gente más propensa a procrastinar, como por ejemplo, que suele ser gente más joven, de sexo masculino especialmente y sin pareja. Además de ello, se sabe que encontrarse en localizaciones naturales favorece los mecanismos de autorregulación de nuestro cerebro, disminuyendo esta tendencia, mientras que los medios urbanos la agravan. El psicólogo organizacional y profesor en el Haskayne School of Business de la Universidad de Calgary, Piers Steel, es uno de los teóricos que más ha investigado en este asunto, y según sus conclusiones, existen dos factores predominantes que influyen en la procrastinación. Por un lado, los seres humanos somos naturalmente poco tolerantes a la frustración, por lo que no solemos realizar antes las tareas más gratificantes, sino las más sencillas, eludiendo — o retrasando — nuestros quehaceres más pesados. En segundo lugar, tenemos una tendencia a determinar nuestra valía en función de nuestros logros, por lo que evitamos llevar a cabo las tareas difíciles en la medida de lo posible, para no tener un sentimiento de fracaso. En definitiva, el acto de aplazar nuestros deberes está altamente relacionado con nuestra autoestima y con nuestro sentido del éxito y el fracaso. Las personas con una mayor confianza en sí mismas tienden a ver la parte positiva en los fracasos y los afrontan con menos temor , por lo que no tienen tanto reparo a la hora de enfrentarse a tareas complicadas. Y es que no cabe duda que procrastinar tiene más inconvenientes que ventajas. La pregunta es… ¿estamos dispuestos a cambiar nuestra actitud al respecto?

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