La glamurosa rendición al escándalo más sonado de Washington celebra 50 años abriendo las puertas de un hotel de lujo.
“Buenas noches, he pedido este tiempo en la radio y la televisión esta noche con el propósito de anunciar que hoy hemos llegado a un acuerdo: terminar la guerra y traer paz con honor en Vietnam”. La voz, entre nasal y enlatada, del expresidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, suena al otro lado del teléfono mientras la operadora transfiere la llamada. Es un día primaveral en Washington D.C. y estamos llamando a un hotel con nombre de escándalo: Watergate. ¿Quién no ha oído hablar alguna vez del episodio que en 1972 causó la dimisión del presidente estadounidense? Más de un año antes, la chispa que encendió todo el proceso arrancó cuando cinco hombres se infiltraron en el Comité Democrático Nacional llevándose consigo un buen número de documentos clasificados. La sede central del partido estaba situada en las oficinas del complejo Watergate, un conjunto de cinco edificios nuevos frente al río Potomac.
Antes de que su nombre se viera ligado al escándalo, Watergate había nacido con ansia de ser un núcleo autosuficiente y lujoso de apartamentos, jardines, oficinas, zonas de tiendas e incluso un hotel, para la élite que rodeaba el Capitolio estadounidense. En el centro del complejo, el Watergate hacía sus pinitos como el escenario de moda para citas entre políticos y actores. Las paredes del sinuoso y circular edificio transmitían el glamur posmoderno del arquitecto italiano Luigi Moretti, el hombre que entre la tradición y la innovación se había erigido como el estandarte de la identidad arquitectónica del país norteamericano. Pese a sus vistas panorámicas, el lujo y el champán, la época dorada del Watergate se esfumó del mismo modo que la cortina de humo del ámbito político, y tras pasar por varias manos, el edificio cerró y cayó en el olvido hasta que la empresa Euro Capital Properties se fijó en él. En Septiembre de 2016, 125 millones de dólares después, el hotel abría sus puertas con el fascinante trabajo del arquitecto y diseñador Ron Arad en su interior. “Fue su nombre lo que nos llamó la atención al principio”- dice Rakel Cohen, vicepresidenta de diseño y desarrollo de la compañía, quien recuerda como, en su primera visita, encontró un edificio desgastado, oscuro y casi triste. No fue hasta que se asomaron a la azotea con sus fascinantes vistas al río cuando se “enamoró” de las sinuosas formas del Watergate. “Vimos el potencial de devolver al hotel un estado merecedor de una de las mejores direcciones de Washington. Con su diseño y la localización, sabíamos que podríamos hacer algo increíble con él”. Cohen explica que la suya no es la primera renovación del hotel, pero sí la primera en aprovechar su arquitectura original. “Está registrado históricamente y trabajamos conjuntamente con la Comisión Estadounidense de las Bellas Artes y el Servicio de Parques Nacionales, entre otros”.








