Verónica Forqué: "Con cada personaje aprendes algo nuevo de ti mismo" - L'Officiel España
Hommes

Verónica Forqué: "Con cada personaje aprendes algo nuevo de ti mismo"

Es uno de los rostros (y sonrisas) más conocidos del cine y el teatro español.
Reading time 16 minutes

Es uno de los rostros (y sonrisas) más conocidos del cine y el teatro español. La actriz de mirada azul confiesa que el trabajo la ayudó a superar una depresión y que se siente agradecida cuando tiene grandes personajes para interpretar. VERÓNICA, ¿quieres ser actriz? Y la chica de grandes ojos azules siempre decía que sí. Se lo preguntaban los amigos de su padre: actores, productores, otros directores. Jugaba a imaginarse a sí misma como Julie Andrews en Sonrisas y lágrimas. Hasta ella insistía a su padre para que la incluyese en sus películas. Recibía un sí desganado y luego descubría que la película se había rodado sin ella. En una ocasión su padre soltó delante de ella: “No, no, no, Verónica lo haría mal”. “Le miré y pensé: ‘Te vas a enterar’. Así que creo que soy actriz por despecho, que no es un buen comienzo”. La Verónica de ahora se ríe con esos mismos ojos azules iluminados, recuerda con cariño al padre que intentó salvarla de una vida de incertidumbre. Verónica sonríe casi siempre, con esa amplia sonrisa que todos los españoles conocen y quieren. Porque sí se hizo actriz y para alivio de su padre, se podría decir, le ha ido muy bien. O como dice ella: “He tenido mucha suerte”. Cuando por fin quedó claro que la niña, ya hecha mujer, no iba a desistir, su madre la acompañó a inscribirse en la Escuela de Arte Dramático. Para entrar tenía que interpretar un monólogo y eligió uno de Un tranvía llamado deseo, ese en que Blanche cuenta que descubrió a su marido en la cama con otro hombre. Claro que ese dato, ese importante giro dramático, había sido censurado. Así que Verónica, cuenta riendo, se lo aprendió y lo interpretó sin entender qué pasaba. Su padre le dijo: “Verónica ¿tú quieres ser actriz? Pues muy bien, pero tienes que estudiar una carrera por si acaso”. Escogió Psicología, siempre le había interesado y había leído mucho sobre el tema. “En aquella época me leí un libro que siempre recomiendo que se llama Tus zonas erróneas del Dr. Dyer, que murió hace poco. Leía a Freud también. Porque mi hermano, que era dos años mayor que yo, era muy inteligente y leía mucho y todo lo que leía me decía: ‘Vero léete esto’ y yo lo hacía. Leí La interpretación de los sueños y a Erich Fromm sin entender demasiado, pero lo leía”. Sin embargo, estuvo poco tiempo. “Cuando tienes una pasión por algo te arrastra, y había que ensayar las escenas y nos dejaban entrar al teatro. Y me enamoré de mi primer amor. Era todo maravilloso. Así que a Psicología fui como un mes y medio”. Imagen: Gettyimages La Psicología y la interpretación, sin embargo, tienen cosas en común. Sirven como una exploración del ser humano. Indudablemente, porque con cada personaje aprendes algo nuevo de ti mismo. Tú lo tienes todo dentro de ti: la simpática, la dulce, la amargada, la femenina, la sexy... todos tenemos un montón de cosas pero nos manejamos por la vida con el personaje que nos hemos hecho sumando las experiencias, a nuestros papás, etc, y poder hacer de otros te permite explorar otras cosas de ti mismo, incluso cosas oscuras y feas. Es un oficio muy curativo, muy sanador. Ha dicho que cuando era joven tenía problemas de autoestima. ¿Por qué subirse entonces a un escenario o ponerse frente a una cámara para que otros le miren? Aunque parezca raro y paradójico sucede mucho con los actores. Somos gente aparentemente abierta –lo somos de cierta forma porque alguien incapaz de hablar en público no puede ser actor– pero conozco a muchos que son muy tímidos y tienen una autoestima muy baja. Creo que quieres ser actor para superar eso. ‘Hola estoy aquí, a ver si os gusto’. Con los años aprendes a valorarte más, lo bueno que tienes, lo regular y lo malo, lo que tienes que trabajar. También te aceptas más. La adolescencia es una etapa de un sufrimiento horrible, yo me encontraba fea, estúpida, bajita, horrorosa y luego uno siempre tiene etapas. ¿Cómo ha sido su trabajo con los directores? Un actor está siempre en un estado vulnerable mientras interpreta un papel... He tenido suerte con los directores. En el cine he trabajado con [Fernando] Trueba, que es un hombre encantador y yo le gustaba mucho. Yo era muy joven y muy arrogante. Creo que soy una mejor persona ahora, cuando eres joven piensas que lo sabes todo. Trabajaba con mi papá y pensaba que sabía más que él y como era mi papá le llevaba la contraria en el set y ahora digo: ‘¡Cómo podía hacer eso!’. Él no me hacía mucho caso, era más listo que yo. Lo que yo daría por volver a trabajar con mi papá y ser buena. Con [Pedro]Almodóvar me reí tanto... y con Joaquín Oristrell, que me llamó para su primera película. O con mi Fernando Colomo, que fue el primero que me llamó para ser protagonista. Yo daba saltos por el pasillo de mi casa, me habían llamado para hacer papeles muy bonitos pero nunca la protagonista. Todos han sido muy fieles a mí, me han llamado varias veces, lo que dice que han quedado contentos. Así que estoy muy agradecida. No quiero dejar de nombrar a Manuel Iborra, que fue mi compañero de vida y el padre de mi hija María. Hemos hecho cosas muy lindas. Pero mi medio natural, y más con los años, es el teatro. ¿Cómo es la experiencia en el teatro? El teatro es una experiencia más profunda y más larga en el tiempo y tienes más control sobre lo que haces. Nunca es igual, tú estás diferente, el público es diferente. Y la relación con el director es fundamental, igual que en el cine. Tú tienes que saber que el director te quiere y que le gustas mucho. Si un actor sospecha que el director no está contento con él eso es una tortura, es como que no te quiera tu padre. Y en el teatro es una relación de muchísima confianza: es tu padre, tu psicoanalista, tu hermano, tu hijo... tienes que poder contarle todo porque se pasan momentos de bloqueo en que piensas: no sé hacer esto, no sé actuar. Después de tanto tiempo, ¿no siente que puede hacerlo todo? No, no. Siempre la primera reacción cuando me envían algo es: ‘Yo no sé hacer esto, me lo han enviado a mí pero ellos no saben que yo no sé hacer esto’. Siempre es la primera reacción. Y luego no solo sabes, sino que disfrutas haciéndolo. Imagen: Gettyimages ¿Qué hubiese sido de no ser actriz? Soy una persona con un enorme sentido práctico. Por un momento, cuando era jovencita y vivía con mi primer novio, Paco, –Paco el psicólogo como le decían los amigos– tuve seis o siete meses que no me salía nada. La época más larga que he estado sin trabajar. Y dije: ‘Pues no pasa nada, voy a la universidad, me voy a matricular en Magisterio’ porque me gustaba la cosa pedagógica, de hecho me gusta mucho aún y doy cursos a actores cuando me llaman. El día que fui por la mañana a la universidad con mi libro escolar, por la tarde me llamó José María Moreira para un proyecto precioso, una de las cosas más bonitas que he hecho no tanto como actriz sino como proyecto. Éramos como diez o doce actores en la compañía e íbamos a los colegios con un repertorio de Molière, una cosa contemporánea. A cada pareja de actores le tocaba un curso, desde los chiquititos hasta los adolescentes, y hacíamos talleres de una semana con ellos, de actuación, en los que se estudiaban la obra, la trabajábamos, y al final se montaba. O sea que unió ambas cosas: magisterio e interpretación. Es curioso, no lo había pensado, pero sí. Uno siempre tiene que estar en marcha. Sentirse víctima, pensar que todo es una mierda y que todo se lo reparten entre unos pocos –aunque a veces no es malo pensarlo e incluso cierto– no es algo en lo que se deba caer. Cuando las cosas no te van bien hay que salir y hacer. Soy una persona muy activa. ¿Ha tenido un periodo en que aunque lo quisiese no podía ser esa persona activa? En 2014 tuve una depresión severa, antes de mi separación. Yo no sabía qué me pasaba pero sabía que no quería vivir. Una depresión es una cosa muy grave y es horrible. Como si te desenchufaran la batería. No quieres comer, no quieres bañarte, no quieres hablar, no quieres ver a nadie. Es como estar muerto en vida. En esa época me siguieron llamando para trabajar y pude haber dicho que no pero decía que sí. Decía: ‘No sé cómo lo voy a hacer, pero lo hago.’ Y mi terapeuta me decía: ‘Verónica, no dejes de trabajar’. Y es verdad que llegaba allí y me maquillaban y peinaban y durante las horas que tenía que actuar me olvidaba de mi mal; pero cuando volvía a casa era lo mismo. El trabajo me ayudó mucho, aunque no sé cómo no me despidieron. Nadie aparentemente se daba cuenta. Conseguí salir de esa enfermedad gracias al trabajo y a los antidepresivos, que tuve que tomar porque no podía salir de aquello. Los tomé durante seis meses y volví a la vida. Me separé. Necesitaba estar sola, había vivido en pareja desde los 18 años, necesitaba vivir la experiencia de saber quién era yo. Vivía mucho en función del hombre al que amaba y mi cabeza estaba más ocupada de lo que él quería o pensaba de mí y no lo culpo, el problema era mío. Esa depresión vino porque yo tenía que cambiar mi vida y aquí estoy. Lo superé. De todo se aprende, hasta de esa enfermedad tan terrible de la que hablo a conciencia y que se da mucho, sobre todo en mujeres de mi edad cuando los hijos se van y se enfrentan al último tramo de su vida y de algún modo sienten que no pueden perder el tiempo. ¿Cuál es su criterio a la hora de elegir un papel? En el cine ahora hago muy poco porque en general, y más en España que la industria es pequeña, papeles para mujeres de mi edad se escriben muy pocos. Las mujeres de 60 años que hemos perdido el sex appeal interesamos muy poco: interesamos a nuestras hijas, a nuestras mamás, a las amigas. Es una realidad, no lo digo en plan víctima. Hay muy pocos papeles interesantes: una mamá, una tía... hay más oportunidades en el teatro. La obra tiene que gustarme, normalmente me mandan obras con papeles importantes. Quiero personajes buenos y me interesa que la obra sea buena, si es una mala con un gran personaje no lo quiero, y si es una obra como la que hago ahora, que es maravillosa, pero el personaje no es tan importante (la protagonista es la hija), no importa porque es muy bonita. ¿Cree que existe un movimiento en la industria española para cambiar ese tipo de situaciones (falta de papeles para actrices mayores, por ejemplo)? El movimiento existe. Está CIMA (Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales), que hace muchas cosas y son muy activistas, trabajan mucho. Creo que las mujeres tenemos que actuar, el machismo está en todos los terrenos de la vida, hasta sin uno darse cuenta. Creo que el feminismo es la revolución del siglo XX, sin duda, y aún nos queda mucho camino por recorrer. Mira lo que acaba de pasar en Estados Unidos con Hillary Clinton: si ella no hubiese sido una mujer, sino un hombre, habría ganado. Sin embargo, parece que a ella la siguen castigando por ser la mujer de uno que le puso los cuernos. Es algo que tenemos que hacer nosotras en nuestro día a día. Creo mucho en el cambio del mundo gracias al cambio individual. Se habla mucho del sistema, pero quién es el sistema: somos tú y yo y estas personas, uno también tiene que mirarse a si mismo y no siempre echar balones fuera. Siempre la culpa es del otro. ¿Tú qué haces en tu vida diaria? ¿Eres un poco corrupto? Creo en el trabajo individual, en el estudio de uno mismo, así creo que se cambia el mundo. Es una persona que se define como espiritual. ¿Cómo trabaja su yo? Voy a terapia a raíz de la depresión. Nunca había hecho psicoanálisis. Siempre decía que me parecía absurdo pagarle a una persona para contarle todas tus cosas, me parecía insensato y que nunca lo haría y luego mira. Cuando estás tan desesperado abres tu alma, tu corazón y tu todo. Hay que ser capaz de pedir ayuda. Pero eso es más terreno de la mente y de las emociones. Empecé desde muy joven a meditar. Mi mamá se vino de Argentina muy joven con mi abuelo y se trajo unos libros de yoga. Venía solo a pasar unas vacaciones y no volvió. Los libros de yoga siempre habían estado en mi casa, unos libros muy antiguos. Mi mamá me decía: ‘Nena, voy a hacer yoga’ y nos poníamos las dos en su habitación y a mí me encantaba. Unos añitos después, cuando tenía 21, me dijo: ‘Mira nena, hay un sitio en Madrid donde te enseñan meditación trascendental, es como el yoga pero para la mente, ¿vamos?’ A mi madre le debo, entre otras muchas cosas, el regalo del sendero de lo espiritual. ¿Y como madre cómo se siente? Qué quieres que te diga. Mi hija es el ser que más quiero en el mundo, tenemos una relación muy buena, estamos muy unidas, nos comprendemos muy bien. En lo espiritual, que es el centro de mí vida, compartimos la posibilidad de ser una persona mejor. Y lo que ella hace no tiene nada que ver con lo que yo hago. A veces me da vértigo ver lo que hace, pero ella no es mía. Los hijos no son nuestros. Tiene que seguir su instinto a donde la lleve y yo la respeto y la amo y creo que eso es lo que tiene que hacer una madre. Le quedan dos o tres asignaturas para acabar Bellas Artes, porque no sabes cómo dibuja, pero no consigo que la acabe. También es vegetariana. He tenido muchos ups and downs. Lo soy desde jovencita pero es difícil, y es difícil en España y con mi trabajo, que estás de gira, en esos restaurantes de carretera que como no comieras ensalada o tortilla francesa no podías comer nada. Soy vegetariana por una cuestión ética, porque considero que los animales no están en el planeta para que yo me los coma, sino que están porque están. Y luego que el uso que el ser humano hace de los animales es de una crueldad enorme. Aparte de que uno de los mayores contaminantes es la cría de ganado. Yo no quiero comer animales, pero me gusta el salmón ahumado y el atún, carne no. Ahora que soy más mayor el médico me dice que no deje el pescado del todo, así que una vez a la semana o así como pescado. Prefiero no hacerlo. Quiero ser una mejor vegetariana. ¿Qué hace en su tiempo libre además de meditar? Voy mucho al teatro, procuro ir todo lo posible. Me gusta mucho leer, ver películas, pero voy poco al cine porque bajar a Madrid, el parking, el coche, encontrar una sala de VO, que no hay muchas... Veo mucho cine en casa. Me gusta mucho leer, ordenar y limpiar. Estoy al borde del Trastorno Obsesivo Compulsivo, al borde. Puedo abrir un cajón y ahí me quedo... en el zen hay toda una corriente que le da importancia al orden y la limpieza. ¿Tiene mucha o pocas cosas? Tengo mucho peligro porque soy capaz de tirarlo todo. Verónica sonríe siempre, cuenta todo con un aura de disfrute. Tras cada afirmación hay una risa, leve o mayor. Siempre como punto y final de sus palabras. Verónica se hizo actriz, una que todo el mundo reconoce por la calle, cosa que a ella no le molesta. “Ya son tantos años con eso que no me importa. A veces si voy con un amigo que no es de esto y está incómodo le digo: ‘Relájate, no lo pases mal’. Es tan habitual como hacer yoga, meditar, ir a la peluquería. Que la gente te salude por la calle, conoces un poco a todo el mundo, para mí es una sensación agradable, para mí es bonito”. Forqué tiene muchos planes, muchas piezas que leer y una gira de un año. Pero no es muy de planes, es más del ahora, tiempo en el que vive sonriente mientras habla, ese que la hace una intérprete tan cercana que nunca dice no a una foto. “No pienso mucho en el futuro, procuro pensarlo lo mínimo indispensable. Siempre hay que vivir en el presente. Es lo único que tenemos”.

Entradas relacionadas

Entradas recomendadas