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El mundo de Edu (Casanova)

El autor de ‘Pieles’ aspira a ser la antítesis de la corrección política. Siempre y cuando no haya promociones de por medio. Claro.
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“Perdona, llevo enganchado a esto más de una semana”. La última obsesión de Eduardo Casanova (Madrid, 1991) la guarda en el móvil, al que trata de la misma forma con la que una madre cuida a su hijo: como una propiedad a la que nadie más le pertenece. “Siento que Los Sims se han adueñado de mi vida. Estoy construyendo una ciudad súper capitalista, llena de fábricas y rascacielos. Y no pienso utilizar ninguno de esos trucos para conseguir dinero fácil. Si quiero crecer y hacerme rico mis ciudadanos se lo tendrán que currar trabajando”, comenta con sarcasmo. “¿Acaso tú no harías lo mismo si tuvieras poder?”. 

Acabas de venir de Argentina y Uruguay, y también estudiaste cine en Cuba. ¿Qué te une tanto a América Latina? 

(Sopesa los pros y los contras de ser sincero) Te contestaría como Moria Casán; creo que debería contestarte como ella. Lo que más me ha unido a América Latina, en un principio, siempre han sido mis parejas. Siempre he encontrado un pegamento muy potente con el sentimiento latinoamericano a la hora de amar, y también un antiadherente. Es decir, mis relaciones con latinoamericanos han tenido un componente de atracción y repulsión muy fuerte. Eso ha sido, para no mentirte, lo que me ha unido más a Latinoamérica. Yo que soy un autodidacta y que no he estudiado prácticamente nada, mantengo la idea de que se aprende muchísimo más y se escribe muchísimo mejor viviendo que estudiando. Y, por ejemplo, cuando me fui a Cuba a estudiar, la verdad es que estudiar, lo que se dice estudiar, estudié poco; no aguanté en la escuela. Pero tuve muchísimo sexo, amé muchísimo más de lo que hubiera podido amar aquí, y eso fue lo que me hizo obsesionarme, por ejemplo, con el comunismo de Cuba, y de ahí viene mi cortometraje Fidel y la sucesión de cortometrajes sobre políticos. Y lo que me une ahora mismo a Argentina es que todo el mundo, o sea, yo… uno en la locura siempre se siente muy solo, y en Argentina todo el mundo que he conocido tenía ansiedad y se encontraba mal, o le perturbaba algo, y en esa locura me he sentido muy comprendido.

 

¿Hay algún tema que te obsesione ahora que no lo hacía hace seis meses? 

Sí, claro que sí. Corea del Norte, en concreto, es lo que más me obsesiona ahora mismo. La política siempre me ha interesado mucho, sobre todo desde que fui a estudiar, o a follar, a Cuba. Y ahora lo que más me interesa, en realidad, pues sigue siendo el comunismo y las dictaduras, y los personajes de los dictadores. El dictador es lo que más me fascina.

 

¿Ha cambiado la figura del dictador? 

Yo creo que no. Yo veo en todos los dictadores un factor común, que hace que me obsesione tanto porque creo que es el mismo que tienen los directores de cine, y que es donde yo empatizo con un dictador. Estoy hablando al margen de cuestiones morales; hablo desde un punto de vista artístico, con total libertad. Lo voy a hacer así, pretendo hacerlo así, aunque pueda levantar ampollas o ser polémico. Me da igual. Pero lo que más me obsesiona en los dictadores es algo que me une a los directores, y que también me parece que es un factor común que tienen las madres, que es la necesidad de control. Yo soy una persona tremendamente controladora. Juego a Los Sims y dirijo cine porque necesito controlar las cosas, y los dictadores necesitan controlar las cosas al igual que las madres. Al final esa necesidad de control es algo tremendamente humano, por eso encuentro una parte aterradora, pero muy humana, como todas las partes que son muy humanas, que acaban siendo aterradoras, en la figura de un dictador. Y en la figura de Kim Jong-il. Mi dictador favorito es Kim Jong-il. 

 

¿Por qué? 

Por la obsesión que tenía con el cine. No sé si conoces esa historia, pero Kim Jong-il no quería ser dictador; él quería ser director de cine. De hecho tenía una filmoteca enorme con películas robadas y películas de Estados Unidos que están prohibidas en Corea del Norte. Y entonces él, bueno, veía películas toda la vida hasta que, de repente, pues le tocó ser dictador. Hay una cosa que cuenta Paul Fischer en el libro Producciones Kim Jong-il presenta…, algo espectacular, y es que en Pyongyang, en la plaza Kim Il-sung, hay una cinta blanca en el suelo, la misma cinta blanca que se pone en el teatro para marcarle al actor dónde se tiene que colocar. Y esa cinta blanca está ahí, en la misma plaza, para que los ciudadanos se coloquen y nadie salga desenfocado cuando se hace una foto ¿no? O sea, el ejercicio de Kim Jong-il fue, más que dirigir un país, dirigir una película. Una necesidad de dirigir, necesidad de control. Eso es a mí lo que más me atrofia en este momento. 

En tu película hablabas del horror del ser humano. Y son muchos los que creen que a todo el mundo, hasta a esa mujer que tienes ahí detrás y que parece tan inofensiva, se le habrá pasado por la cabeza, como en Relatos Salvajes, ejercer la violencia. 

Totalmente. Mira, el humano vive en una guerra continua, y hay una lucha, una lucha que a mí me parece, sé que desde un punto de vista cínico, me parece enternecedora. Una lucha del humano por que acaben las guerras. Pero no entendemos y no queremos aceptar que las guerras nunca van a acabar. Nunca vamos a parar de matarnos, porque el humano está ligado directamente a la muerte. El humano mata continuamente y folla, eso es a lo que se dedica, y va a dedicarse a ello hasta que se acabe la humanidad. Luego, por otro lado, la humanidad va a estar hasta entonces luchando para que no haya guerras. Es una lucha absurda contra nosotros mismos, intentando desatarnos de nuestra propia naturaleza. Pero es algo que jamás vamos a conseguir, y que el único camino sería aceptarlo, pero lo que pasaría si aceptásemos eso es que, entonces, entraríamos en el caos. ¿Y qué pasaría en el caos? Que sería el único lugar de libertad, pero no dejaría de ser el caos. No sé si me explico. 

 

¿Te fijas en que la gente se está fijando en ti? 

Sí, claro. Yo llevo siendo conocido desde los 12 años, y he pasado de hacer televisión mainstrem a dirigir, a ser más y menos conocido. Yo tengo 27 años pero de repente he ido como por muchos sitios, y claro que sabes el lugar que ocupas cuando estás en un bar o una cafetería como esta, y siempre suele ser un lugar, no incómodo, pero sí un lugar que no es natural. Excepto cuando te rodeas de gente de tu mismo entorno, que entonces ya es todo insoportable.

Entonces, ¿te rodeas de gente? 

Me rodeo de gente porque acepto que soy humano, aunque no me interesa nada tampoco. Y me cuesta relacionarme muchísimo, y me cuesta mucho tener relaciones sanas con mis amigos, pero los quiero profundamente y hago terapia para no ser dependiente de ellos. Yo siempre he sido mucho de una persona, de una persona solo, y trabajo para, bueno, pues para socializar de forma normal. Hay que jugar un papel en la sociedad, y yo todavía me lo estoy estudiando. 

 

¿Y cuál es? 

Bueno, es ese, el de comportarte como una persona normal (se ríe). Luego por otro lado no sé estar solo, lo cual me pesa mucho más mi carencia que mi forma de ser. 

 

Fotografía: Daniel de Jorge

Estilismo: Sergio Álvarez

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