Hommes

¡Deja de comer entre horas!

Comer entre horas es la pesadilla de todo aquel que quiere cuidarse y del que quiere proyectar una imagen de decencia a su cuerpo cuando se quita la camiseta.
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Comer entre horas es la pesadilla de todo aquel que quiere cuidarse y del que quiere proyectar una imagen de decencia a su cuerpo cuando se quita la camiseta. Somos hombres y tropezamos 1000 veces con la misma piedra y la gula nos puede. Nos puede allá donde vayamos. No hay manera alguna de quitarse la idea de la cabeza, ni las ganas irrefrenables de levantarte del sofá y lanzarte a la despensa en una búsqueda que ni Indiana Jones en sus películas. ¿Qué podemos hacer para solucionar tal escabroso tema? ¿Deberíamos dar rienda suelta a nuestra vena más sadomasoquista y pedir que nos ataran hasta la siguiente toma? ¿Tendríamos que castigarnos como en su día la Santa Inquisición y cortarnos las manos? Como nada de esto nos parece factible (bueno lo de atar puede estar bien o divertido en algunas ocasiones) pedimos, ente todo, calma. Nosotros somos los únicos que podemos determinan si nuestro estómago está lleno. Da igual que hayamos comido más o menos, si comenzamos a pensar que hemos saciado nuestras ganas de devorar, habremos conseguido poner la mente a otra cosa y hayamos olvidado las irrefrenables ganas de querer seguir masticando sin orden y concierto. Evidentemente, si estamos en casa de mamá o de la abuela, será complicado que esto se produzca, puesto que para ellas nunca es suficiente y mientras sigan sacando fuentes y fuentes de comida, nosotros nos veremos en la obligación de seguir tragando hasta que sea nuestro organismo el que diga ¡basta ya! Dicen que ojos que no ven, corazón que no siente…, pues en este caso al corazón se le une el estómago y de camino se nos quitan las ganas de ir echando más calorías a estos cuerpos serranos hechos a sí mismos que quieren lucir de 10 este verano. ¿Crees que no eres capaz? Intenta llenar el plato con lo imprescindible para aportar la energía necesaria hasta la próxima sentada y no olvides dejar esos posibles alimentos que pueden inducirte al pecado en un lugar muy lejano o incluso bien escondidos en la nevera. Si te sacude el venazo y vas en su búsqueda siempre tendrás ese camino para determinar si lo que haces es necesario o te puedes llenar un vaso de agua y echártelo por la cabeza. Eso siempre es lo más efectivo.

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