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El amor también se hereda

¿Y si la última prueba de amor fuese el testamento?
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¿Y si la última prueba de amor fuese el testamento? La historia de Yves Saint Laurent, Pierre Bergé y Madison Cox demuestra que se puede ser romántico ante notario. En diciembre de 1987, Yves Saint Laurent envió su tradicional felicitación de año nuevo (llevaba haciéndolo desde 1970 y continuaría hasta el año 2000) a todo color. Como era costumbre, deseaba amor a su remitente, aunque no fue ese sentimiento el que reinó en su vida esas navidades. Las botellas de whisky que escondía tras las cortinas de las distintas estancias de Château Gabriel, la casa que compartía en Deauville con Pierre Bergé, fueron motivo de una de las mayores crisis del dúo, que por entonces era un trío que incluía al paisajista Madison Cox. Tras la trifulca, el tercero en discordia puso tierra de por medio mudándose a nueva York. Lo cierto es que Saint Laurent y Bergé se habían separado (solo en lo romántico) en 1976, pero conservaban una tortuosa relación de celos y reproches que solo con- siguió mitigar la madurez. “No te abandoné. Podría haberlo hecho durante este tiempo con Madison, casi lo hice. Al nal fue él quien tuvo su ciente, quien se fue”, puede leerse en las cartas de Pierre a Yves. “Le quisiste, le odiaste y después le volviste a querer”. Algo así debió de sucederle también a Cox, que volvió con el francés algún tiempo más tarde. Treinta años después, el pasado septiembre, el fallecimiento de Bergé reavivó los comentarios sobre la no tan conocida relación que mantenía con Cox. Y decimos “no tan conocida” porque la industria de la moda, que es muy suya para estas cosas, siempre prefiere el cotilleo a la noticia y el susurro a los titulares. Es curioso que el testamento levantase más revuelo que el acto que legitimó la voluntad de Pierre Bergé, que no fue otro que su unión en matrimonio con Madison Cox seis meses antes de su muerte. Bergé, tan famoso por ser de armas tomar como por su afán de tener los cabos bien atados (para pocos ha pasado desapercibido que su momento para el descanso eterno llegase cuando todo estaba a punto para abrir las puertas de los nuevos museos de Yves Saint Laurent en París y Marrakech), quiso casarse después de más de tres décadas de relación para que nadie pudiese impedir que Cox se convirtiese en su principal heredero, aunque en el enlace también estuviese Jaimal Odedra, el diseñador de vestuario de Bollywood y su pareja sentimental durante once años. En el fondo, Bergé tomó la misma decisión que Saint Laurent meses antes de su muerte en 2008, cuando firmó un pacte civil de solidarité (lo más parecido al matrimonio para parejas homosexuales en aquel momento) con el fin de asegurarse de que su compañero se encargaría de la gestión de todo su patrimonio. Si funcionó la primera vez, ¿por qué no iba a funcionar la segunda? Prueba de su afán por controlarlo todo fueron los pasos que dio hasta convertir a su marido en ejecutor de su testamento. Cox ya era director de la Fondation Majorelle (el complejo de Marrakech que pertenece a la Fondation Pierre Bergé-Yves Saint Laurent), lo que le da derecho a disfrutar, mientras ostente el cargo, de Villa Oasis, la casa de estilo oriental que Bergé construyó a su antojo en la misma ciudad. En el testamento dejó estipulado, además, que su sucesor como presidente de la fundación paraguas no sería otro que su compañero. Los que se estén imaginando al paisajista de 59 años pasando sus días entre las casas que Bergé poseía en París, Marrakech o Tánger, pueden parar de hacerlo, porque con ellas se dan casos parecidos a los de Villa Oasis. Villa Mabrouka, la residencia de Tánger, está a la venta por cerca de diez millones de euros que bene ciarán directamente a la Fondation. Los cuadros, los libros, los muebles y el dinero contante y sonante sí han pasado a las manos de Cox. Por muchas suspicacias que pueda levantar la idea de este triángulo amoroso, no conviene pasar por alto la delidad de Bergé a sus amantes, aunque una y otra cosa puedan parecer inaplicables al mismo argumento. Con Yves Saint Laurent construyó una firma a la altura del genio argelino, y con Madison Cox se aseguró no solo de garantizar su futuro, sino también de perpetuar la leyenda de Saint Laurent a través de la fundación. Hay infinitos tipos de amor, pero ninguno es más res- petable que el que acaba convertido en lealtad.

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