Directora de cine, Carla Simón
Cultura

Directora de cine, Carla Simón

Arrastrada por el huracán de su propio éxito, Carla Simón (Barcelona, 1986), la realizadora de la laureada Verano 1993, se está acostumbrando a vivir situaciones circulares.
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Desde el enorme sofá de un hotel del centro de Berlín, confiesa sentirse algo extrañada por regresar a la ciudad que consagró su película Verano 1993 como la mejor ópera prima de su conocido festival de cine. Han pasado solo diez meses y está a punto de saber si los premios del cine europeo eligen su primer trabajo tras la cámara como el descubrimiento del año. El galardón se lo termina llevando la británica Lady Macbeth, pero, a fecha de la entrevista, a la española le quedan al menos nueve semanas de reconocimientos hasta llegar a la ceremonia de entrega de los Goya 2018. “Estoy en permanente tránsito, así que me está costando sentarme y escribir de nuevo”, confiesa.

Simón no siente precisamente miedo a esos giros del destino que la colocan de nuevo en el punto de partida. Es una situación que buscó a conciencia cuando decidió revivir una niñez marcada por la muerte de sus padres y que la ha acompañado en el proceso de escritura, rodaje y promoción de su primer largometraje. “Me sigo preguntando por qué mi historia ha conectado también fuera de España. Supongo que, en realidad, la infancia es una experiencia universal, con muchos puntos en común. El otro día estaba en la India y me decían que muchos detalles de Verano 1993 les recordaban a sus propias vivencias. Un espectador me llegó a enseñar una foto de niño en una bañera que era muy parecida a una de las escenas de la película. Allá donde vamos, el impacto emocional que produce es muy parecido”.

Este intenso viaje al pasado se ha prolongado durante años y ahora está a punto de acabar, coincidiendo con el fin de la temporada de premios. El nombre de Carla Simón ha estado presente en casi todos ellos, pero se avecina un nuevo comienzo. “Es un momento en que toca enfrentarse a las altas expectativas que tienen los demás sobre lo que voy a hacer después. No siento vértigo. Al contrario, creo que estoy en una posición privilegiada. Tener éxito a la primera da mucha confianza. De hecho, yo no tengo esas altas expectativas. Sé que cada proyecto te ayuda a aprender, aunque no salga tan bien como esperabas en un principio”, defiende.

Parte de esa voluntad didáctica es fruto de su dispar formación cinematográfica. Licenciarse en Comunicación Audiovisual en la Universidad Autónoma de Barcelona le dio herramientas que consideraba muy genéricas: “Sentía que necesitaba mucho más para aprender a hacer cine realmente”. Estudió en la Universidad de California y luego se mudó a la London Film School. En muy poco tiempo tuvo la oportunidad de vivir en dos mundos opuestos. “En Estados Unidos me contagié de esa actitud algo idealista que tienen. Siempre están creyendo que si deseas lograr algo puedes lograrlo. Pero esa filosofía les hace ser poco estrictos con los estudiantes. Todo lo que ruedas les parece bien con tal de estimular tus sueños. Es una fuente de energía enorme, pero fue en Europa donde encontré esa parte más crítica que necesitaba para evolucionar realmente”, comenta Simón.

En las aulas de la escuela británica, bajo la supervisión de Mike Leigh, se obligó a encontrar su identidad creativa y coincidió con un grupo de personas que se han convertido en sus colaboradores habituales, con los que ha crecido desde entonces. “En Londres me encontré con gente de todo el mundo y eso me obligó a plantearme cosas. ¿Quién soy yo? ¿Qué me define y me distingue del resto? Ahí es donde di con mis historias propias. También confirmé que, sin ser autocrítico, es imposible hacer cine”.

Ahora que ya es profesora, la experiencia le sirve para aprender de sus alumnos. Imparte clases de cine en escuelas e institutos de Cataluña como parte del programa Cine en curso, en el que jóvenes directores enseñan a estudiantes de primaria y secundaria a mirar a través de una cámara. “Es una experiencia muy transformadora; educar la sensibilidad de los niños se ha convertido en algo muy importante para mí. El pararte a observar con ellos una puesta de sol para que aprendan a tratar la luz o ayudarles a escribir un texto a partir de sus vivencias me ayuda a salir al mundo exterior y romper esta burbuja en la que me he metido. Gracias a ellos reflexiono constantemente sobre qué es el cine”, dice.

Toda esa introspección lleva su tiempo. Por ello, mejor que nadie espere una nueva película de Carla Simón antes de 2019. “Soy de esas personas que necesitan reflexionar mucho sus decisiones. Tardé casi tres años en acabar Verano 1993. Y a mí me pareció un proceso muy rápido. Supongo que es una historia que he ido madurando toda mi vida”. A pesar de reconstruir en ella sus recuerdos, invirtió muchas horas investigando sobre psicología infantil para definir a las dos niñas que protagonizan el relato: “La memoria es muy selectiva y no podía basarme solo en ella. No había leído nunca antes sobre el tema y fue un proceso muy bonito, porque me sentía muy identificada con lo que iba descubriendo en los libros. De repente, cobraban sentido muchas de las cosas que había hecho en esa época”.

Tampoco es seguro que recurra a su propia biografía para su próximo proyecto. "Me llama la atención de algunos temas de mi adolescencia. Pero si los convirieron en una iglesia creo que los tradujeron de una forma mucho más abstracta y no tan particular. Esta vez me apetece tomar algo de distancia. A la larga, el proceso que estoy viviendo está siendo muy intenso. Y tampoco es que me haya pasado cosas pasadas, tan peliculeras en mi vida como para seguir, convertirme en cine ", admite con tímidas sonrisas. 

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