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Ser Liza Minnelli

Ser la diva del cabaret, el icono gay, la amante del exceso y un mito vivo a sus recién cumplidos 71 años.
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Ser la diva del cabaret, el icono gay, la amante del exceso y un mito vivo a sus recién cumplidos 71 años. Ser Liza Minnelli era mucho, muchísimo. Titulaba este artículo “Ser Liza Minnelli” porque es realmente una tarea difícil y a la vez sobresaliente ser Liza. Era difícil porque siendo hija de Judy Garland, a ver quién era la que se atrevía a intentar sobresalir e incluso eclipsar a su madre, para empezar, y sobresaliente porque lejos de estar a la sombra, Liza forjó una férrea carrera en el show business donde puede alardear de haber ganado los cuatro grandes: el Oscar, el Tony, el Emmy y el Grammy. Cuatro premios que representan las cuatro facetas en las que Liza destaca y con nota.   Estos galardones son el broche a una carrera que comenzaba cuando Liza tenía tres años, edad a la que hizo su primer cameo en una película, La Novia Incógnita. Por no decir que su carrera comenzó el día que nació, cuando le pusieron el nombre de una canción de Gershwin que su madre, Judy, solía cantar. Una canción que decía “Liza, el cielo está gris pero, si me sonríes, todas las nubes pasarán”. Nada más acertado teniendo en cuenta que así fue su vida, un cielo gris que ella teñía con la purpurina del espectáculo. Pero antes de llegar a ser gris, brillaba con el esplendor de su carrera musical, que comenzó a los 18, y del Tony que ganó con 19 años por la obra La Amenaza Roja, convirtiéndose en la actriz más joven en ganarlo. Después se vio varias veces nominada al Oscar, que por fin legó cuando Liza se metió en la piel de esa joven cabaretera de mirada caída de los años 30. Ella misma con ayuda de su padre, el director Vincente Minnelli, diseñó la estética de su personaje, convertido en todo un icono de los 70 y de todos los tiempos. Después de Cabaret protagonizó otros éxitos pero las nubes de las que hablaba Gershwin ya poblaban el cielo de Liza. Desde adolescente fue la reina de la noche neoyorquina, no había fiesta de Studio 54 en la que no se viera a Liza del brazo de grandes figuras como Warhol, que la retrató en varias ocasiones. Pero el alcohol empezó a correr de día y de noche. Como ella misma afirmó en una entrevista, “estaba predispuesta genéticamente a ello, como mi madre”. Pero es cierto que la muerte de su madre por una sobredosis en el 69 fue la gota que colmó el vaso. El alcohol se combinó con otras sustancias y, aunque profesionalmente estaba en la cima, la procesión iba por dentro. Cuando en el 74 su matrimonio con Peter Allen hizo aguas, el terremoto Minnelli se apagó. Se entregó a los brazos de Peter Sellers y Martin Scorsese, pero no eran Peter Allen y sus amigos empezaron a preocuparse por la estrella. En el 84 y gracias a su amiga Elizabeth Taylor, Liza ingresó en el centro Betty Ford para tratar su adicción al valium y al alcohol. Lo hizo sin esconderse, como era Liza. Y desde entonces se encuentra en un vía crucis constante de centros de desintoxicación, recaída en las drogas, - Warhol contaba en sus diarios el día que, estando en casa del diseñador Halston, Liza apareció sumamente alterada y le pidió todas las drogas que tuviera – éxitos, bodas y problemas de salud. Exactamente como su madre. Pero Liza es el ave fénix del espectáculo, un diva que, como todas, tiene un lado oscuro – que además no esconde – pero siempre resurge de sus cenizas y, a día de hoy sigue siendo uno de los iconos más celebres del mundo del espectáculo. Ella es la crítica, el éxito, la gracia, el humor, el talento y la maravilla, ella es el espíritu del cabaret.

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