Margaux Hemingway, cuando el apellido pesa tanto como el tormento - L'Officiel España
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Margaux Hemingway, cuando el apellido pesa tanto como el tormento

¿Es la cara el espejo del alma?
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¿Es la cara el espejo del alma? La historia de la nieta de Ernest Papa Hemingway entierra el tópico para siempre. Atormentada y en continua lucha silenciosa, su historia no es la del brillo de la industria.

Era imposible no fijarse en ella. En una sala llena de gente, Margaux Hemingway acababa siendo el blanco de todas las miradas y el tema a tratar en todas las conversaciones. No se trataba solo de la belleza contenida en sus más de 180 centímetros de altura. Tampoco se trataba solo de lo encantador de sus maneras. Ni siquiera de lo arrollador de su apellido. La combinación de esos factores despertaba la curiosidad de los presentes, la hacía inevitablemente atractiva.

El primero, su físico, fue lo que la convirtió en una modelo de éxito y lo que propició su malograda carrera en el mundo de la interpretación. Con sus enormes ojos y la piel en ese tono tan característico que se adquiere después de una sesión de ejercicio al aire libre durante las 24 horas del día, Margaux fue descubierta por Errol Wetson, que más tarde se convertiría en su primer marido (llegaría a contraer matrimonio una vez más). Poco después firmó el primer contrato millonario de la historia con una firma de cosméticos al convertirse en imagen del perfume Babe de Fabergé. De ahí pasó a protagonizar las portadas de las revistas más importantes (de Vogue a Town & Country pasando por Sports Illustrated) y a convertirse en una de las caras más solicitadas de la década de los setenta y no solo de la industria de la moda: el tipo de interés que despertaba servía para promocionar licores y ropa deportiva. Tal y como afirmó el director de la agencia Wilhelmina poco después de su fichaje,suena un poco hillbilly, pero es auténtica, una chica de campo con la que la gente joven se puede identificar.

Su padre tenía razón cuando dijo que era imposible sacar una foto mala de Margaux, pero su manera de desenvolverse la hacía todavía más atractiva. Su risa era una carcajada de niña y en cuanto tomaba confianza con alguien no dudaba en llamarle boopsie (algo así como “bomboncito”) con cierta coquetería. Tenía también un afinado sentido del humor que la llevó a cambiarse el Margot que le pusieron sus padres por Margoux, el tipo de vino que al parecer calmó su sed la noche en que fue concebida por ellos.

Claro que no todo era lo que parecía. En la educación de Margaux destacaba esa obsesión de no hablar con nadie sobre lo que nos atormenta. A ella la atormentaba la esquizofrenia que padecía desde los 7 años, la dislexia que impidió que se atreviese a leer la obra de su abuelo hasta la madurez, la bulimia que la acompañó toda su vida y las idas y venidas de devastadores episodios de depresión. A pesar de que en Studio 54 todo eran sonrisas y baile, confesó tiempo más tarde que no se sentía cómoda en absoluto hasta que no contaba con un considerable nivel de alcohol en sangre.Siempre me ponía nerviosa estar rodeada de esa gente. Me sentía intimidada por toda la cuadrilla de Halston y Liza Minelli. Para mí ellos eran las verdaderas celebridades y yo simplemente una chica de Idaho. Así que me emborrachaba para relajarme. Nunca pensé que podía convertirse en un problema. En la época de mi abuelo era una virtud beber mucho y no demostrarlo. Como él, quería vivir a fondo, con gusto”. No es lo único que acabó haciendo como Hemingway, aunque es difícil saber si la lucha interna que libró durante toda su vida tuvo más que ver con la genética o con el peso de la trágica leyenda de su familia, plagada de suicidios y trastornos mentales.

A su belleza americana no le dio tiempo a apagarse. La vida de Margaux se acabó cuando tenía 42 años y solo un día antes de que se cumpliese el 35 aniversario del día en que su abuelo decidió poner fin a la suya con una escopeta. Oficialmente se consideró un suicidio por ingesta de pastillas y muchos encontraron el sentido de su decisión en su fracaso como actriz combinado con los celos del éxito de su hermana Mariel y la evidencia de los primeros signos del envejecimiento, pero ninguno de sus amigos llegó a considerar esa idea como cierta: la sobredosis debía de haber sido accidental. Claro que muchos de ellos se enteraron entonces de los problemas mentales y de salud que había padecido. A pesar de haber generado densos ríos de tinta, la maldición de los Hemingway, que en Estados Unidos se asemeja a la de los Kennedy, parece haber escrito su último capítulo con ella.

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