Celebrities

Juliette Binoche: “Es de sabios vivir en la improvisación”

La actriz Juliette Binoche (París, Francia, 1964) solicita un café vienés para merendar.

La actriz Juliette Binoche (París, Francia, 1964) solicita un café vienés para merendar. Está presentando en Madrid el largometraje Nadie quiere la noche, dirigido por Isabel Coixet. En la película, Binoche interpreta a Josephine Peary, esposa del explorador Robert Peary, quien, el 6 de abril de 1909, dijo haber sido el primer hombre en llegar al Polo Norte. En la historia, la señora Peary decide ir en busca de su marido, encontrándose con que no basta con querer a alguien para sobrevivir en las adversidades. ¿Usted interpreta para ser quien no es o para ser quien quiere ser? Las dos cosas. Cuando vivo algo o paso por dificultades, descubro quién soy y quién no. Es una construcción del personaje. En realidad es como cuando me meto dentro de mí misma y bajo a mis interiores, donde hay una destrucción y rompo con algo. Pierdo el pie, pierdo posición y pierdo el poder, pero al llegar al final de la nada descubro otro yo. Esto me lleva a comparar a Camille Claudel (Camille Claudel 1915) con Josephine Peary. Camille estaba encerrada pero no tenía cerraduras. Era libre, en realidad. Y Josephine, aunque está en una zona abierta, se siente encerrada por un entorno que la diferencia de lo que es. Sí. También por la inmensidad y por la noche, por el hambre, el frío… Pero sí, hay un encierro, desde luego. Está muy bien hacer el paralelismo porque es verdad que Camille Claudel encontró una liberación interior. Parece que, cuando un ser humano se encuentra en circunstancias físicas y extremas, cabe la posibilidad de encontrar una relación consigo mismo diferente que pasa por el dolor, por el desgarre, por una profunda desilusión… Aceptando esto, puedes llegar a encontrar otra parte de ti. Cuando uno envejece y tiene más edad, pierde poder y pierde lo que tenía antes, pero hay una relación interior que se vuelve mucho más intensa y se hace mucho más necesaria. Creo que a usted le atraen los personajes que, de alguna manera, están encerrados, ya sea de manera física o psíquica: Michèle (Les amants du Pont-Neuf), Julie (Blue), Maria Enders (Clouds of Sils Maria)… Son personajes que viven una transformación, pero creo que hemos llegado a la Tierra para transformarnos, aunque a veces lo olvidamos, porque nos dejamos atrapar por cosas exteriores o por cosas que nos tranquilizan pero que también nos desvían de la verdadera relación tenemos con nosotros mismos. Debemos tener cuidado, estar atentos, pero por suerte hay acontecimientos en la vida que nos detienen y nos apartan de la locura de alejarnos de nosotros mismos, la cual se basa en acumular riquezas, sexo, ropa, autosatisfacción… Es posible que, inconscientemente, escoja papeles para mandar un mensaje: “¡No te olvides de ti!”. (Risas) Si mal no recuerdo, usted pasó por una crisis personal después de Les amants du Pont-Neuf y en la época de Caché. ¿Estaba cansada de ser Juliette Binoche? No, de eso no, pero bajar o descender para tocar emociones difíciles era como estar siempre en la plancha, literalmente. De todas formas, los periodos que nombras son muy diferentes. Después de Les amants du Pont-Neuf pensé que era el fin de mi carrera porque había rechazado muchas películas, aunque pensaba que no era grave y que iba a cambiar, que iba a dar clases. Había dado clases de interpretación y fui a talleres, pero mi profesora de teatro me dijo: “No, no. Vuelve como actriz. Te necesitamos”. También porque ella es alguien a quien respeto mucho. Entonces, dije: “De acuerdo, voy a seguir”. Lo que pasó en la época de Caché fue otra cosa. Fue la travesía del no-deseo. No deseaba nada, aunque siempre me había apasionado lo que hacía. También me había separado y estaba pasado por una experiencia amorosa que fue muy complicada para mí. ¿Puede ser que esto suceda porque nos enamoramos de lo que inventamos y nos desencantamos por lo que nuestro cerebro nos hace creer? Pero es que estamos hechos de creencias y esas creencias crean una realidad. Por eso es importante saber dónde pone uno la creencia. Es muy misterioso lo de creer en algo porque en una misma familia, entre hermanos, unos creen y otros no. ¿Por qué? Es muy difícil saber por qué. Yo, de joven, si no hubiera creído en lo imposible, jamás habría podido trabajar en diferentes países y en inglés, incluso. Empecé de la nada. ¿Qué nos queda entre la realidad y el surrealismo? Me refiero a la transformación de meterse en un papel y en lo que queda entre la persona y el personaje. No es entrar en la piel de otro personaje, sino que es tener un conocimiento de sí mismo y de entrar en uno mismo para que la experiencia esté al servicio de una historia con una finalidad artística. Hay una sumisión a partir de lo que uno es o de lo que uno siente o de las sensaciones. Digamos que entras en ti mismo para sacar eso que hay y unirlo con algo mucho más importante que tú. Es un movimiento interior que luego irá al exterior. De hecho, se puede trabajar el exterior con el acento, con la danza… Te ayudas de muchas cosas y hay montones de métodos. Allaka (Rinko Kikuchi), en Nadie quiere la noche, es una persona exterior a Josephine, pero luego, en la adversidad, ambas ven que tienen puntos en común. ¿El amor nos hace vírgenes? Sí, porque desaparece el deseo de conquista. No hay voluntad, y es algo que tiene lugar dentro de uno, siempre que haya sitio. Mi personaje llega a tal extremo que ya no puede hacer nada, pero cuando acepta su total impotencia queda la posibilidad de la inocencia, que se traduce en amor. ¿Y quién consigue su sueño? ¿Lo consigue Robert Peary por alcanzar el Polo Norte o lo consigue Josephine Peary por haber sobrevivido? Josephine lleva una gran tristeza por la muerte del bebé y por la muerte de Allaka. Creo que ella nunca volverá a ser la misma por eso. Nunca lo superará. De todas formas, ya sabes que se duda de que Robert Peary descubriera realmente el Polo Norte porque con los cálculos matemáticos él creyó estar en un sitio cuando en realidad estaba situado en otro. Como siempre, todo lo que creemos puede ponerse en duda. Al igual que Robert Peary, ¿piensa usted en la posteridad? No sé qué ventajas me puede dar eso puesto que estaré muerta (risas). Para mí, lo importante es el presente. Tengo la suerte y el privilegio de actuar y de estar en una ficción que puede ser vista y oída. Eso implica ciertas responsabilidades y a veces, no lo dudo, un orgullo en el que siempre trabajo (risas). Pero es muy importante, para mí, hacer elecciones de una manera consciente. No digo que siempre tenga razón, porque cometo errores, obviamente, pero espero que, una vez muerta, me vaya muy lejos. No me apetece volver. En Nadie quiere la noche se dice que la nieve es impredecible. ¿Qué es impredecible para usted? Siempre se debería vivir en lo imprevisible, porque acabamos viviendo en cajas mentales. De hecho, es de sabios vivir en la improvisación para no agarrarse a ideas, a deseos, a miedos… En cambio, también me parece importante formular, verbalmente, peticiones, porque la palabra es creadora, como el pensamiento, que también es creador. ¿Se puede perdonar viviendo en lo imprevisible? Como cantaba Juliette Gréco en Sous le ciel de Paris, “mais le ciel de Paris n’est pas longtemps cruel”. Sólo el orgullo nos impide perdonar. De hecho, nos hace imposible perdonar. También, cuando escuché los testimonios del Apartheid [para la película Un país en África], oí testimonios de mujeres y de hombres que decían que no podían perdonar pero que iban a vivir mejor habiéndolo contado. Fue la primera vez que oí decir a alguien que no podía perdonar. Vengo de una educación judeocristiana donde siempre se perdona todo, donde se debe perdonar todo, pero tampoco vivimos cosas tan extremas como violaciones, crímenes… Pienso que es muy difícil hablar del perdón, porque es una prohibición mental, pero acepto cosas que no sean perdonables. Quiero decir que perdonar es una cosa pero vivir el perdón es otra. Perdonar significa que das un paso hacia la persona a la que vas a perdonar. A veces decimos que sí, que perdonamos, pero por dentro se han quedado cosas agarradas al dolor porque el orgullo no consigue soltar la presa. Pero aún así, es formidable saber jugar con uno mismo porque, dentro de nosotros, a la vez, somos director y actor.

Entradas relacionadas

Entradas recomendadas