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Diana Frances Spencer, la leyenda

Fue “la princesa del pueblo”, “Dynasty Di” y un respiro de aire fresco en la estirada corona inglesa.
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Fue “la princesa del pueblo”, “Dynasty Di” y un respiro de aire fresco en la estirada corona inglesa. Diana marcó una era y se convirtió en leyenda.

El pilar en que su coche quedó hecho trizas es ahora un sitio de peregrinación (de paso, sigue siendo una avenida transitada). La que sería su nuera es constantemente comparada con ella. En la película La reina se insinúa que la falta de respuesta de la casa real ante su muerte casi generó una rebelión antimonárquica en la tradicional Inglaterra. Diana Spencer no pasó por esta Tierra en vano. Fue “la princesa del pueblo” y pobló durante los ochenta y noventa las páginas de revistas de moda y de cotilleo por igual.

Diana comenzó siendo una tímida chica noble. De internado y caballos. Pero nunca fue del todo una pija como las demás. Su vida antes de ser princesa fue más o menos normal, pero una vez que se enamoró de Carlos todo cambió. Su figura, su sonrisa, su corte de pelo, su forma de ser anularon al gris heredero, incluso cuando Diana aún escondía su personalidad en el protocolo.

Agotó las existencias de las camisas con lazo a un lado del cuello cuando apareció con una en la foto en la que anunció su compromiso. Su vestido de novia está grabado en la memoria de varias generaciones. En su luna de miel revivió las botas Hunter (hasta ese momento una marca antigua y usada en el campo) cuando se le fotografió con un par verde. Dejó boquiabiertos a todos los invitados a la cena de la Casa Blanca en la que bailó de la mano de John Travolta embutida en un vestido de hombros descubiertos azul oscuro. Revolucionó la prensa cuando apareció con un vestido de un hombro en 1982 y luego en 1985 cuando, además de volver a mostrar su hombro (le gustaba mucho ese tipo de escote), usó una gargantilla que le regaló la reina como banda en el pelo. Un vestido de lamé dorado con hombreras le valió el nombre “Dynasty Di”. Pero puede que su momento más memorable, por estiloso y por simbólico, sea su aparición en la Serpentine Gallery, con un vestido que casi parecía una segunda piel, con el que mostraba hombros y piernas, el día en que Carlos reconoció públicamente haberle sido infiel. Fue llamado el “vestido de la venganza” y con razón. Carlos, siempre opaco en su presencia, ni siquiera logró obtener la atención de la prensa cuando revelaba un escándalo real, nacional y marital. Un vestido, un vestido en el cuerpo de Diana, pudo más que un príncipe enamorado de su amante.

Diana vivió una vida corta pero llena de hitos. La evolución de su estilo, primero aniñado y lleno de lazos, flores y encajes, y luego moderno, sobrio y sexy, marcó colecciones de diseñadores, las de las tiendas de masas y el street style durante casi dos décadas. Tuvo diseñadores favoritos. Catherine Walker y Bruce Oldfield la vistieron constantemente, pero no estaban solos. Los grandes de las pasarelas querían su esbelta y tonificada figura como maniquí. A Diana el mito no le llegó con la muerte.

Ella lo fue desde siempre.

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