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Teresa Sapey diseña un nuevo garaje en el centro de Madrid

La apuesta decidida que la arquitecta italiana realizó en el hotel Puerta América es ya casi su seña de identidad.
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La apuesta decidida que la arquitecta italiana realizó en el hotel Puerta América es ya casi su seña de identidad. Ahora ha diseñado un aparcamiento privado, junto a la Cibeles, en homenaje a Giò Ponti.

Se subió en marcha a uno de esos trenes que pasan sólo una vez en la vida: el hotel Puerta de América, una fantástica locura de la cadena Silken, que puso en marcha, a comienzos de siglo, un proyecto vanguardista en el que varios de los arquitectos y/o diseñadores más celebrados de aquel momento se iban a encargar de decorar cada una de las doce plantas del establecimiento hotelero: Norman Foster, Jean Nouvel, Arata Isozaki, Ron Arad, Richard Gluckman, John Pawson, David Chipperfield, Zaha Hadid, Fernando Salas y Javier Mariscal, Kathryn Findlay, Eva Castro y Hoger Kehne, Christian Liaigre, Harriet Bourne y Jonathan Bell, Arnold Chan, Jason Bruges, Felipe Saes de Gordoa, Vittorio & Luchino…. Sólo quedaba libre el aparcamiento… y Teresa Sapey se lanzó a por él. Lo que parecía una simple pedrea, se convirtió en premio gordo, porque la turinesa (y madrileña adoptiva desde hace veintiocho años) convirtió el espacio más inhóspito que uno pueda imaginar en un lugar que no pasa desapercibido para nadie, desde la inauguración del hotel, en junio de 2005.

Fotografía de Felipe Hernández Durán

A raíz de aquello, Sapey ha recibido más encargos para dar su sello de identidad a otros cuantos aparcamientos, varios de ellos públicos –el de la plaza de Vázquez de Mella (ahora plaza de Pedro Zerolo) y el Cielo de Madrid, en la calle Farmacia, así como las entradas al aparcamiento de Serrano por las calles Juan  Bravo, Hermanos Bécquer y Jorge Juan, en Madrid; el aparcamiento Santa Bárbara, en Vitoria, y el de la plaza de Cánovas, en Valencia– y uno, privado, en Madrid.

El motivo por el que Teresa Sapey se asoma ahora a estas páginas es porque acaba de finalizar el diseño artístico de otro aparcamiento más en Madrid, en un edificio situado en la parte más noble de la capital de España: entre Cibeles y la Puerta de Alcalá. “El propietario del edificio –explica–, un millonario venezolano, me dijo que tenía conocimiento de los otros aparcamientos que había diseñado y que él tenía un edificio en Madrid, cerca de la puerta de Alcalá, con un parking muy complicado que quería que le rediseñara. Él partía de la idea de querer hacer algo así como un homenaje al parque del Retiro… Yo fui a visitar el espacio y me pareció que un homenaje al Retiro lo podía hacer cualquiera, pero que yo tenía otra idea: un homenaje a Giò Ponti, uno de los arquitectos, diseñadores industriales, artistas y publicistas italianos más importantes del siglo XX, fundador, además, de la revista Domus, y que había construido varias casas en Caracas”.

Fotografía de Felipe Hernández Durán

“Le comenté al propietario que había señales que había que aprovechar –añade–: él es venezolano, yo italiana y Giò Ponti había sido un italiano que había trabajado en Venezuela. Le planteé que podíamos hacer algo que guardara relación con lo que Giò Ponti había hecho en Caracas. La idea le gustó y empezamos a trabajar en el proyecto y, finalmente, además del aparcamiento pasé a desarrollar la reforma de las zonas comunes del edificio: entrada, descansillos, patios…. Al final se ha desarrollado un concepto ‘a medida’, ¡irrepetible!”.

El mismo influjo que Giò Ponti ejerció sobre Teresa Sapey lo ejerció sobre Giò Ponti el arte venezolano que él conoció in situ, cuando llegó por primera vez a Venezuela en los años cincuenta del pasado siglo, un arte al que la Sapey tampoco ha sido ajena: “Estoy enamoradísima de los artistas venezolanos del op-art: Carlos Cruz-Díez y Jesús Soto. Es una grandísima escuela de la que creo que nace el arte actual. Daniel Buren y Sol LeWitt están bien pero, en términos generales, Sudamérica tiene vida, no es como Europa, un continente casposo, carcomido. Aquí todo es snob”.

A sus referencias arquitectónicas se añaden otras artísticas, las de una creadora que se define “híbrida”. “Soy arquitecto –admite–… pero soy una arquitecto un tanto especial: un arquitecto artista, porque hice las dos carreras: la tecnológica y la de bellas artes, que estudié en París, en la universidad Parsons de arte y diseño. He tenido la gran suerte de haber podido realizar estos dos aprendizajes y combinarlos en mi trabajo, porque lo normal es o bien ser artista o bien ser arquitecto. El arquitecto normal es un técnico. No hablo de los genios, sino de los normales, los que resuelven funciones y necesidades. Yo no soy un genio, pero, desde luego, no me he limitado a ser un técnico. El gran problema que surge (y por eso hay tan mala arquitectura) es que hay muchos arquitectos que se creen artistas”.

Fotografía de Felipe Hernández Durán

“La gente cree que la arquitectura está hecha de espacio y materiales –añade–, pero nosotros añadimos como ‘material’ la luz y el color. Yo construyo con colores y con luz. En este aparcamiento no entra luz. Es un teatro. Y lo trabajo como una escenografía. Gracias a no tener luz natural yo puedo decidir la calidez de luz que quiero… y para siempre, sin que me afecte la que haya en la calle. En este aparcamiento el color juega con formas geométricas que hizo Giò Ponti en Caracas. Una de las plantas está en azules, inspirado en uno de sus proyectos, y otra en amarillos, por otros de sus proyectos. El último sótano, en blanco y negro, con imágenes figurativas, son las raíces de cualquier proyecto arquitectónico: el plano en blanco y negro, los trazos…”. Otro aspecto diferencial de la Sapey es su implicación personal es múltiples aspectos y pequeños detalles que suelen obviar los grandes nombres. “Normalmente, los grandes arquitectos no se interesan por los trabajos de pequeña escala –plantea–… aunque eso ha cambiado con la crisis. Por lo general, al gran arquitecto no le interesa el diseño; al gran arquitecto no le interesan los tejidos… Les interesan los rascacielos, los puentes, los aeropuertos… no los trabajos más pequeños o los pequeños detalles. Yo hago de todo: alfombras para Vondom y sofás-cama y butacas con reposapiés para Ecus… ¡o macetas!, como la Adan de Vondom. Para mi, una alfombra es tan importante como un espacio, un edificio o una ciudad. Es solo una cuestión de escala. En mi estudio somos una pequeña Bauhaus: hay arquitectos, arquitectos de interiores, interioristas, ingenieros, diseñadores gráficos y una persona con un máster en diseño de moda… Lo abarcamos todo: desde la parte más técnica de la ingeniería a la más sutil de la moda. Todos los creativos nos implicamos en cada proyecto, cada uno desde su punto de vista y nacionalidad (hay varias nacionalidades en nuestro equipo), para ofrecer respuestas eclécticas. Un auténtico trabajo de equipo”. Ø

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