En el corazón del Raval, donde el bullicio de los skaters del MACBA se mezcla con el aroma del pan recién hecho y los ecos de una Barcelona vibrante, se esconde un refugio insólito: Casa Camper. Este año celebra su 20º aniversario, dos décadas desde que la marca mallorquina de calzado decidió trasladar su filosofía —simplicidad, autenticidad y bienestar— al mundo de la hospitalidad.
Lo hizo en 2005, mucho antes de que palabras como eco, slow o sostenible se convirtieran en etiquetas de tendencia. Y lo hizo en el Raval, entonces un barrio todavía áspero, en plena transformación. Allí, dentro de un edificio del siglo XIX rehabilitado con respeto y una buena dosis de humor, Fernando Amat y Jordi Tió imaginaron una nueva forma de entender el lujo urbano: sin dorados ni mármoles, pero con inteligencia, silencio y alma.
Nada más cruzar la puerta de cristal marcada con un discreto Guests Only, el ruido de la calle se apaga. En el lobby cuelgan bicicletas del techo, vitrinas muestran objetos rescatados de los antiguos apartamentos y una gran mesa central reúne flores, libros y velas. Todo parece espontáneo, pero cada detalle responde a un pensamiento: que el lujo no reside en la opulencia, sino en la calidez y la funcionalidad.
El grafista América Sánchez, autor de la identidad visual del hotel, dejó su sello con ingenio. Sus carteles con mensajes como “Walk down, it’s healthier” —junto al ascensor— resumen el espíritu Camper: moverse despacio, cuidar el cuerpo, disfrutar del trayecto. Desde 2005, el edificio es completamente libre de humo; otro gesto pionero en una época en la que casi nadie hablaba de bienestar como forma de lujo.
Casa Camper ofrece 25 habitaciones y 15 suites, pero ninguna se parece a la habitación típica de un hotel. Aquí, cada reserva incluye dos espacios independientes: un dormitorio que da al patio interior y, frente a él, una sala de estar con balcón sobre la calle Elisabets. Las puertas —rojas para el dormitorio, blancas para el salón— señalan esa dualidad entre descanso y vida urbana.
En el salón, un sofá amplio, una televisión con acceso a contenidos digitales y una hamaca brasileña invitan a detener el tiempo. En el dormitorio, no hay televisión: solo silencio, sábanas frescas y luz natural. En el baño, los espejos reflejan el jardín vertical de 117 plantas de aspidistra que recorre el patio interior como una cascada verde de 18 metros. Todo está pensado para la calma.
Los detalles son casi invisibles, pero esenciales: fundas de cabecero lavadas para cada huésped, lámparas portátiles que se cuelgan en una barra tipo Shaker, instrucciones claras (hasta en la ducha) y, sobre todo, una ausencia total de alfombras o elementos superfluos. En Casa Camper, el diseño es una herramienta de bienestar.
Cuando el mundo aún no hablaba de economía circular, Casa Camper ya lo practicaba. El agua de la ducha se reutiliza, tras un proceso de depuración natural, para las cisternas de los baños. La energía solar calienta el agua. No hay moquetas, ni edredones pesados. El resultado es un edificio que respira honestidad: una sostenibilidad que no se proclama, se vive.
























