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Tren de día a Lisboa

Una vez que han prestado servicio y duermen en vía muerta, se convierten en objetos de culto que nos conducen, a través de la nostalgia, a experiencias que han marcado nuestra vida, el cine y la literatura.
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Una vez que han prestado servicio y duermen en vía muerta, se convierten en objetos de culto que nos conducen, a través de la nostalgia, a experiencias que han marcado nuestra vida, el cine y la literatura. ¿Preparados para el viaje?

“Un tren. Que pasa. La vida. Fluye”. Entre caligrama y caligrama, el modernísimo Guillaume Apollinaire no podría haberlo dicho de una manera más precisa: si hay una metáfora rotunda de la existencia humana, desde luego, es un viaje en ferrocarril. Solos o acompañados, cargados de maletas o ligeros de equipaje, de largo recorrido o cercanías... Sea como sea nuestro periplo, un tren se abre paso a través del paisaje, deteniéndose en las sucesivas estaciones para que suban o bajen compañeros de vagón, conocidos o extraños. Hasta alcanzar nuestra parada. Y esa experiencia física que une dos puntos geográficos resulta igualmente inspiradora para nuestros sentidos y para nuestra propia alma: porque, cuando cogemos un tren, nunca podremos anticipar cómo cambiará nuestra particular historia. Eso era, precisamente, lo que le ocurría a Raymond Gregorius, el protagonista de Tren de noche a Lisboa interpretado por Jeremy Irons: un viejo profesor cansado de todo al que un billete a la capital portuguesa, encontrado al azar, le transportará a vivencias y emociones insospechadas para su edad. Sí, cuando un tren pasa, hay que cogerlo: quién sabe si se trata de la última oportunidad para emprender una vida más feliz...

La pasión viaja en tu vagón

No nos engañemos: un vagón de tren siempre resulta el escenario perfecto para cualquier encuentro, digamos, interesante. Con asientos pareados o enfrentados, separados por un pasillo que se convierte en sinuoso y sensual con el traqueteo, o en la intimidad que proporciona un compartimento privado... ¿quién va a resistirse a conocer a la persona que puede ser el amor de su vida? Después de que León Tolstoi describiera cómo Anna Karenina se enamoraba a primera vista del Conde Vronsky en un andén, todo es posible. Aunque, sin ánimo de hacer spoiler, aquel tren fuera también un elemento anticipador del trágico final que el destino le reservaría a la heroína.

Más mágico (y menos doloroso) fue, sin duda, el trayecto que unió a los personajes de Julie Delpy y Ethan Hawke en la película Antes del amanecer: chico conoce chica, una conversación en torno a lo divino y lo humano sobre raíles, y una noche románti- ca que acabará con una cita, meses después, en una estación de ferrocarril, por supuesto.

¿Pasiones reservadas solo para millennials? ¡En absoluto! El deseo entre las cuatro estrechas paredes de un vagón también es posible para maduritos, si no que se lo digan al arquitecto y a la diseñadora a quienes daban vida Robert De Niro y Meryl Streep en Enamorarse. Y es que, un tren de cercanías –aunque en principio no parezca cool– también puede ser el escaparate perfecto para la seducción... porque, como dice el refrán, “el roce hace el cariño”.

Cada minuto a bordo estrecha las distancias, y no solo desde un punto de vista espacial. En efecto, puede reunir amantes ocasionales o eternos; ahora bien, en ese microcosmos llamado vagón también hay espacio para enemigos, víctimas y verdugos. ¿Un ejemplo? Ese tren puntualísimo, cuya llegada está prevista al mediodía, que traerá a una banda de forajidos dispuestos a hacer de las suyas en un pueblecito del far west. Pero que no cunda el pánico: pacientemente en la estación, les espera Gary Cooper, Solo ante el peligro, para hacer valer el peso de la ley.

La literatura también se ha encargado de mostrarnos que las apariencias engañan y quien parece un compañero de asiento encantador puede ser, en realidad, un psicópata de manual. Desde luego, si en el próximo fin de semana tenemos una reserva en Renfe, no nos conviene elegir como lectura Extraños en un tren, de Patricia Highsmith, llevada a la gran pantalla por el maestro Hitchcock: una historia desasosegante en la que dos desconocidos planean el Crimen perfecto. Para uno de ellos, se trata de un pasatiempo hasta llegar a su destino; para el otro, es un pacto entre caballeros seguir adelante con el maquiavélico plan. Tal vez menos inquietante –aunque también con un cadáver y una larga lista de sospechosos incluidos– es Asesinato en el Orient Express, la entretenidísima trama ideada por Agatha Christie, felizmente resuelta por su detective Hercule Poirot. ¿Nuestra conclusión al acabarla? No nos engañemos, viajar en First Class no siempre garantiza un viaje en calma...

Un tren es un lugar perfecto para tomar las riendas de nuestra propia existencia y actuar; también para destapar nuestros instintos voyeur, contemplar las vidas ajenas... y dejar volar nuestra imaginación. ¿A quién estará escribiendo un WhatsApp el chico del asiento contiguo? ¿Por qué la señora de enfrente llora mientras mira por la ventanilla? ¿Tendrán un affair el revisor y la señorita que reparte los auriculares? Fantasías inocentes, sin demasiada trascendencia. O que cobran tintes mayores, en la ficción literaria, como la que nos cuenta Paula Hawkins en La chica del tren, donde Rachel, la protagonista, pone en jaque un entramado de desapariciones, infidelidades, celos y mentiras por contemplar cómo pasa la vida desde su ventanilla.

Decididamente, viajar en ferrocarril constituye una de las actividades más entretenidas del ser humano. Y también de las más divertidas, aunque no lleguemos a vivir situaciones tan extremas como las de Buster Keaton en El maquinista de la General o las de Marilyn Monroe, Jack Lemmon y Tony Curtis en Con faldas y a lo loco... Basta con incluir en tu equipaje de mano todo lo que necesitas para hacer que tu trayecto resulte mucho más corto y ameno: ese libro que podrás terminar antes de llegar a tu estación, tu playlist favorita, o el e-mail en el que te esperan decenas de correos que contestar. Y si todo eso y la conversación de quien tienes al lado no consiguen distraerte, siempre puedes pasar un rato en la cafetería, otro perfecto escenario para ver y dejarse ver.

Territorio para la nostalgia

Aparcados en las vías muertas de cualquier museo del ferrocarril, los trenes más diversos descansan de todas las experiencias que han vivido durante años de servicio. Ahora son testigos mudos de aquel pasado al que prestaron sus vagones, sus asientos y pasillos como fondo de historias felices, inquietantes o, por qué no, simplemente cotidianas. Sus recuerdos pertenecen ya al territorio de la nostalgia y, al contemplarlos, no podemos menos que revivir encuentros fascinantes, disputas clamorosas o sencillos viajes que, en otros tiempos, constituían la mayor de las aventuras. Los trenes se convierten así en protagonistas por méritos propios. Y hasta nos resulta nada extraño que lleguen a ocupar las páginas de una icónica re- vista de moda y tendencias... Por cierto, una gran compañía para llevar en el bolso cuando oigamos resonar en nuestra mente aquel mítico: “¡Viajeros, al tren!”.

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