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El arte de un trotamundos

Se llama Chayan Khoi, es iraní y artista.
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Se llama Chayan Khoi, es iraní y artista. Pintor, fotógrafo y viajero trotamundos. En sus cuadernos de viaje XXL, de donde, literalmente, brotan los países que ha visitado a través de las texturas, los objetos, la pintura o los collages, se despliega un sueño en 3D. Desde el primer momento un espacio desmesurado provoca en el visitante el sentimiento de franquear, en el corazón de un día gris, las puertas de un territorio lejano. “Llegará en 10 minutos”, se excusa un asistente bastante gracioso y vestido de una manera rara y desaliñada. En el estudio de Chayan Khoi, instalado en un antiguo garaje, en una calle tranquila de la zona de Trocadero y donde se extiende su extraordinaria colección de cuadernos de viaje de gran formato, diez minutos son suficientes para darse una vuelta por un mundo fantástico y ecléctico, creado a su imagen y semejanza. Al alcance de la mano o en el borde de las hojas encontramos hierbas secas de las llanuras de Asia central, la suave tranquilidad de Angkor cubierto de musgo, los colores ácidos de los carteles luminosos de Las Vegas, el gusto de los zocos de Marrakech o del gran bazar de Santa Sofía... Habíamos llegado a Konya hojeando el cuaderno dedicado a los derviches giróvagos, uno de sus tantos éxitos, cuando, por fin, aparece el artista. Chayan Khoi, creador de cuadernos de viaje pero también pintor, fotógrafo, artista plástico, diseñador, formado en la facultad de Bellas Artes es tal y como lo habíamos imaginado: un hombre apuesto, en la cincuentena, fiel a la imagen tan siglo XX del explorador ideal, con ese aspecto, común a todos los grandes trotamundos, de acabar de llegar de un destino improbable. La decoración de su taller ya nos da una pista: en la pared, bajo una flecha amarilla que apunta a lo alto de una escalera, se lee la frase:Hacia el mundo del mundo salvaje”. Esperamos a que nuestro anfitrión se quite sus botas de siete leguas, se acomode en uno de los muebles gigantes que pueblan su estudio (a la medida de su vida pantagruélica) y nos ponemos en marcha. Primero, nos encaminamos en dirección a la India, de donde acaba de volver. La India se presta perfectamente al ejercicio del cuaderno de viaje. Todos los materiales que encontramos son hermosos: el menor de los detalles del papel de arroz, la caligrafía... hasta los olores. Muchos de mis cuadernos huelen a los países donde he estado. Como el viaje, el cuaderno debe excitar todos los sentidos”. Y los suyos adoptan las formas más inesperadas: caucho reciclado para el de Marruecos, billetes para el de Las Vegas, antiguos mapas del golfo Pérsico para el de Irán e incluso piedras para el de Angkor. Lo primero que hago cuando llego a un lugar es buscar el material de base para mi cuaderno. Trabajo en él durante el viaje, normalmente en la habitación del hotel y mando las páginas terminadas a París por FedEx. Pego elementos, los lijo... vuelvo locos a los empleados de los hoteles. Una vez vacié seiscientos tubos de Superglue y otra, en Venecia, corté las cortinas de la habitación y, cuando me fui, envié la factura a mi compañía de seguros. En Omán casi organizo un incidente diplomático porque quería cortar una túnica bordada en oro que me había regalado un personaje local. Lo que más me gusta es esa libertad”. Chayan Khoi es iraní, de padre escritor y madre terrateniente. Se crió en los barrios del norte de Teherán. De aquella vida, truncada por la revolución, que abandonó sin sus padres a los quince años para estudiar en París, conserva el ondulante acento persa, un talento innato para la poesía y el arte y el gusto por los relatos abracadabrantes. Una libertad que se ha ganado a fuerza de insistir. De fotógrafo de playa a corresponsal de guerra. También fue aquél el momento de los grandes viajes y de los encuentros decisivos: de Roger Thérond, el director de Paris Match, a Peter Beard. “Empecé con mis cuadernos hace treinta años porque me aburría entre sesión y sesión de fotos”, recuerda. Detrás de sus trescientos treinta voluminosos pergaminos donde se mezclan China y Papúa, escritura, souvenirs, pintura y recortes de prensa aparece un globe-trotter compulsivo, hiperactivo y astuto, capaz de mover montañas para llevar a cabo su obra. Cada año pinto ciento veinte cuadros, hago cien fotos, dos libros y veinticinco cuadernos de viaje”, dice. ¿Su viaje más complicado? Un periplo en Nueva Guinea, tras el rastro de los papúes. Nos pilló un huracán tremendo en plena selva, cuando estábamos metidos en agua hasta las rodillas y cubiertos de sanguijuelas”. ¿Su último descubrimiento? “Una impresora 3D gigante en un laboratorio que visité en Shanghái. Ante mis ojos, la máquina hizo la escultura de un toro en vidrio soplado que pesaba media tonelada. Desde entonces, sueño con hacer esculturas monumentales”. Y, mientras tanto, entre dos vuelos y tres exposiciones, da una esta en su estudio. Chayan Khoi casi nunca se queda en el mismo sitio. He dado la vuelta al mundo dos veces y media y cuando tengo que emprender una ruta larga me paro muchas veces por el camino. Para ir a Japón, por ejemplo, programo una parada en Estambul y, luego, otra en Delhi”. Una curiosidad que le pica en París: “Cada quince días, me meto en la piel de un turista, me hago con un plano y duermo en un hotel”. Al final, la única frontera que se impone el hombre no tiene nada que ver con la geografía, la religión o la cultura. Una línea heredada de otro mundo que él pone en práctica sea cual sea el objetivo del día. A menudo me han hecho ofertas, pero mis cuadernos de viaje no se venden”.
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