Moda

Di amante y acertarás

De la piedra preciosa por excelencia, su eterna (aunque tardía) relación con las mujeres y todas sus facetas.
De la piedra preciosa por excelencia, su eterna (aunque tardía) relación con las mujeres y todas sus facetas. Antes de que Marilyn lo sentenciase como estribillo, los diamantes no eran los mejores amigos de una chica. De ninguna, de hecho. Porque los primeros en deleitarse con ellos fueron los hombres, los más poderosos de las dinastías hindúes, musulmanas y mongolas. Encontraban el encanto a esas singulares gemas, extraídas hasta principios del siglo XVIII en exclusiva en la ciudad india de Golconda, no en su brillo o capacidad para reflejar la luz, sino en su durabilidad. Por eso su nombre, que procede del griego adamas, significa “inquebrantable”. En nuestro continente los lucieron sólo los reyes hasta que Carlos VII de Francia regaló uno a Agnès Sorel, su amante favorita, y la convirtió en la primera mujer no solo en llevar diamantes, sino también en recibirlos. Fue a mediados del siglo XII y, aunque entonces se consideró toda una extravagancia, no hubo marcha atrás: también eran para nosotras. Desde entonces, la historia de los diamantes está unida a la de grandes mujeres y grandes historias de amor. Entre estas últimas destaca la de Elizabeth Taylor y Richard Burton, materializada en una piedra de 64,42 quilates que la actriz lució por primera vez en Mónaco rodeada de guardaespaldas en el aniversario de la muerte de la princesa Grace. Adquirido por Cartier en 1969 por más de un millón de dólares en subasta, Burton no pudo resistirse a su encanto y el joyero aceptó revendérselo y bautizarlo Cartier-Burton-Taylor a condición de que estuviese expuesto varios días en el escaparate de su boutique de la 5ª Avenida de Nueva York. Después se montó en un colgante a petición de la actriz.   Close-up view of a 69.2 carat Cartier diamond in a red case, which was sold at auction for $1,050,000 in 1969 and subsequently purchased by actor Richard Burton for his wife Elizabeth Taylor.(Photo by Hulton Archive/Getty Images)  Anillo “Cartier-Burton-Taylor” que Richard Taylor regaló a Elizabeth Taylor Más fascinantes si cabe son los que adquirieron para sí mismas mujeres como Gloria Swanson, que lució dos brazaletes de diamantes blancos y cristal de roca de su propia colección en Sunset Boulevard (1950), o Barbara Hutton la “pobre niña rica” que trató de curar sus penas del alma con diamantes de leyenda. También la historia detrás del collar Crocodile que María Félix encargó a Cartier en 1975, elaborado con 1.023 diamantes narciso. Para que su diseño fuese lo más realista posible, la actriz llevó una cría de cocodrilo a los talleres de la firma. En esos mismos talleres del número 13 de la rue de la Paix se han trabajado todas estas piezas, entre cepillos, triboulets, chatonnières, binoculares y pinzas; tratadas por manos de artesanos que dedican a cada pieza de Alta Joyería hasta 3.000 horas de trabajo y aplican todo el savoir-faire acumulado a lo largo de los años.   Aunque solemos asociarlos a los anillos de compromiso o a la categoría de regalos que un hombre hace a una mujer, no hay mejor diamante que el que una mujer decide regalarse. Porque aquello de “un diamante es para siempre” (claim acuñado, por cierto, por una mujer) funciona todavía mejor aplicado a la relación sentimental que una mujer establece consigo misma. La única que, pase lo que pase, nunca llega a su fin.   Artículo publicado originalmente en número 5 de L'Officiel España  

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