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El piercing se hace mayor

Los lóbulos de las orejas son el nuevo escaparate en el que las de más de 30 muestran su renovado estilo personal.
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Los lóbulos de las orejas son el nuevo escaparate en el que las de más de 30 muestran su renovado estilo personal. Hasta hace bien poco, los piercings eran un coto privado para adolescentes. Abstenerse adultos. Es durante esos convulsos años de rebeldía y hormonas revolucionadas cuando los jóvenes se afanan por encontrar su verdadera identidad y distanciarse lo máximo posible de sus progenitores y su anticuado y aburrido estilo de vida. Por eso, lucir un pendiente en el sesgo de la oreja es una declaración de intenciones que manda un mensaje de libertad e independencia y reafirma la pertenencia a según qué tribu urbana. Pero en la sociedad actual, en la que las etapas vitales ya no están tan delimitadas como antaño, ponerse un piercing no es algo exclusivo de teenagers que gustan de imitar a sus ídolos. Por primera vez en la historia de la humanidad, la línea que separa una generación de la anterior es tan na que casi se ha desvanecido y, en ocasiones, es difícil saber quién es la madre y quién la hija. Los viejóvenes y los ancianiños conviven en armonía y acuden juntos a los conciertos de rock cual pandilla de colegas. Y si no, que se lo digan a Isabel Preysler o a Demi Moore. Esto es posible gracias a la última norma no escrita que resta décadas de nuestras partidas de nacimiento y que ha propiciado que los salones y estudios donde se realizan perforaciones se estén llenando de cuarentañeras, muchas veces acompañadas por sus hijas. Es lo que tiene que los 40 sean los nuevos 30, los 30 los nuevos 20 y así, sin solución de continuidad, hacia una pubertad eterna. Aunque en generaciones anteriores era algo impensable, lo cierto es que ahora madres e hijas tienen muchas cosas en común: desde compartir sus armarios hasta el gusto por agujerearse los lóbulos. Eso sí, con significados bien distintos. Mientras que para las más jóvenes representa un paso más hacia su total emancipación, para sus mamás es la reafirmación de un estilo propio. No obstante, ninguna de las dos razones tiene nada que ver con el ritual original de perforarse la piel. Para los esquimales, que se anillaban el labio inferior, simbolizaba que el niño se había convertido en cazador porque ya era capaz de soportar el dolor, mientras que para los mayas era un signo de estatus social. En otras culturas, los motivos podían ser religiosos (para ahuyentar a los malos espíritus), como demostración de fuerza y coraje (los centuriones romanos llevaban aros en los pezones como muestra de virilidad) o simplemente decorativos. Más del 10 % de la población de los Estados Unidos luce un piercing en alguna parte de su cuerpo. Lo curioso es que cada vez son más las mujeres que rebasan los 30 que se animan a hacerse uno. Maria Tash, fundadora del salón Venus situado en el bohemio barrio NoHo de Nueva York, afirma que casi un 60 % de sus clientes están dentro de este rango de edad. Aunque en España esta tendencia todavía no es masiva, sí que se notan ya sus primeras oleadas. Este hecho queda confirmado por Fidel Prieto, secretario de la Unión Nacional de Tatuadores y Anilladores Profesionales (UNTAP): “No disponemos de datos concretos, pero sí es verdad que en los últimos años la media de edad de nuestra clientela ha subido y es habitual encontrarse con personas de entre 30 y 40 años en nuestros establecimientos”. Pero puntualiza: “Es raro que una persona de más de 30 venga al salón para hacerse su primer piercing. La mayoría ya se hizo uno hace años y ahora viene a por el segundo o el tercero”.

Mientras que para las jóvenes es un paso más hacia su estilo propio.

Aunque la nueva generación de anilladas maduras tiene una situación económica más holgada que los más jóvenes, eso no se refleja en el precio de las joyas que adquieren para decorar las perforaciones. “Es cierto que tienen un poder adquisitivo superior al de los chavales y se pueden gastar más, pero no es algo habitual”, apunta Fidel. Justo lo contrario ocurre cruzando el charco. Uno de los bestseller en el salón de Maria Tash es un pequeño aro con diamantes, diseñado por ella misma, que se vende por unos 400 euros. Los diseños de Repossi (precisamente una de las firmas pioneras en elevar el piercing a la categoría de lujo) que recorren el cartílago más allá del lóbulo, pueden llegar hasta los 42.000 euros el de oro blanco con diamantes. Esto demuestra que el piercing ha perdido ese punto entre marginal y provocador que tuvo a mediados de los setenta, cuando el movimiento punk lo rescató del olvido y lo elevó a los altares de una contracultura tan efímera como influyente. Fidel asegura que “el más demandado en la actualidad es el séptum, un aro que atraviesa el tabique nasal, igual que lo fue el del ombligo hace unos años, luego el de la ceja y posteriormente el de la lengua”. Si quieres hacerte un piercing recuerda que en España la edad mínima sin el consentimiento paterno es de 18 años. Sino,acude al salón con tu madre y que os lo hagan a las dos a la vez. Foto de portada: Ether Granger, posee el récord de cintura más estrecha (32 cm) y popularizó los piercing en una época en la que no eran nada populares.

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