Hommes

JONATHAN C. VAULTMAN

Sus pinturas son puro color y energía animal.
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Sus pinturas son puro color y energía animal. Esa misma que ha heredado conscientemente de todas las horas compartidas con los caballos, su otra pasión. DE formación científica, Jonathan C. Vaultman (París, 1981) busca definirse como artista. Porque es así como se siente ahora mismo. Cuando llegó el momento de decidir qué quería estudiar, Vaultman creía que lo del arte no iba con él, “empecé a estudiar veterinaria un poco por huir de ese ambiente familiar tan bohemio en el que crecí. Buscaba una profesión mucho más asentada, hacer algo más concreto”. Pero, al final, “los genes hablan” y se lanzó al mundo de la pintura. A punto de inaugurar su primera exposición individual, Magic Tool, nos sentamos con él para que nos cuente cómo compagina sus dos grandes pasiones: los caballos y los enormes lienzos con los que empieza a llenar paredes. HERENCIA FAMILIAR Vaultman estaba viviendo en París con un trabajo que le gustaba mucho y al que dedicaba gran parte de su tiempo: era (y aún es) veterinario de caballos de competición. “Estaba a gusto, pero agobiado. Me sentía aletargado en la ciudad, como si tuviese la vista nublada. Un día, el pintor Franck Cavador, amigo de la familia, me invitó a una sesión en su taller y, cuando le vi trabajar, decidí que yo también quería hacer algo así. Volví a casa, me encerré en mi sótano que, por aquel entonces, era muy pequeño. Rompí todas las paredes y empecé a pintar. Fue una vía de escape inesperada”. Un camino que comenzó hace ya casi cuatro años y que hoy presenta en Madrid. Con su primera obra, Pilot –una mezcla de negros, azules y rojos con mucho movimiento-, dio rienda suelta a todo lo que le inspira, a eso que está dentro de su cabeza, todo lo que ha vivido y no sabe cómo expresar: “La pintura es eso que te permite hablar de las cosas de una forma que otros medios no te dejan. Es como tumbarse a ver las estrellas y pensar en el universo, en la inmensidad del infinito. Te das cuenta de que, en realidad, puedes teorizar pero no conceptualizarlo. Nuestro intelecto está limitado en ese sentido, con lo que solo nos queda sentirlo. Y eso es precisamente lo que a mi me permite la pintura: expresar lo que siento y no puedo decir de otra forma”. Un sentimiento que espera compartir con el público y que ha dado título a su exposición: “Elegí Magic Tool porque quiero transmitir a toda esa gente que viene a ver mis obras lo que para mí representa el arte en general y la pintura en particular. Es la herramienta mágica con la que yo entiendo el mundo”. ORDENAR EL CAOS Si sus obras hablasen, nos confesarían quién es: “cada obra refleja algún momento de mi vida, porque cada una nace en un tiempo determinado”; y es, con ellas, con quienes se atreve a mezclar conceptos e ideas que, a priori, no tienen relación alguna, pero que le conducen de forma inevitable a esa complejidad de todo lo que observa y que intenta ordenar en sus cuadros. Intenta, porque reconoce que el principio siempre es caótico: “mis pinturas son un juego entre dos estados: el primero, muy intuitivo, en el que pongo sobre el lienzo todas las cosas que me salen sin pensar; y el segundo, sin embargo, mucho más meditado. Busco el sentido estético de la estructura en sí”. Así consiguió terminar aquella primera obra que cuenta como “un episodio difícil de explicar en el que dejé de pintar justo cuando entendí que era el momento de hacerlo, ese en el que el propio cuadro comenzaba a moverse por si solo”. Porque para Vaultman, el arte es puro movimiento. Un movimiento agotador. “Para las obras más grandes tardo al menos doce horas. Y no paro, salvo que no encuentre cuál es el truco que necesito para conseguir llegar a lo que quiero. Entonces sí: lo dejo y vuelvo. Es un trabajo muy físico. Me tiro en el suelo y empiezo a moverme, a pintar con las manos sobre él. Salgo realmente sudando”. Es una relación que nace del contacto; el mismo que mantiene con los pura sangre que atiende a diario. Porque, no nos olvidemos, él empezó curando caballos. Y fueron ellos quienes le enseñaron esa velocidad y resistencia de las que ahora se sirve para enfrentarse a un lienzo en blanco, para llenarlo de color. Así, los negros dan paso a colores arriesgados, como el rojo o el turquesa, y para transmitir toda esa energía que consigue reservar para encerrarse en su modesto taller a trabajar: “Gran parte del tiempo que invierto en la pintura es robado. Mi profesión me absorbía, solo me quedaban los fines de semana y algunas noches. He tenido que relajarme. Ahora le dedico cuatro días a mi papel de veterinario y el resto a la pintura. En cuanto puedo, me pongo con ella”. Una actividad que entiende “más como una vuelta a sus raíces que como un descubrimiento en sí. Es uno de los sentimientos más fuertes que he conocido: una vez que lo has probado, te aseguro que no hay marcha atrás”. Por eso, con esta primera muestra en solitario espera contarle al público esa parte tan personal que sale cuando se encierra en su estudio, mostrarles a las personas “que no ha una única verdad, sino tantos matices como espectadores”. Algo que solo podrás ver si te acercas lo suficiente, sin miedo a tocar esa energía de sus pinturas. La misma que él aprendió a sentir con los caballos, su otra pasión, y la que, sin duda, ha sabido plasmar en ese trabajo que es también su vida.  

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