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Andy Warhol

Decidió capturar los momentos cotidianos de su vida en fotografías instantáneas a modo de diario visual.
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Decidió capturar los momentos cotidianos de su vida en fotografías instantáneas a modo de diario visual. ¿Te suena de algo? Hablamos del primer instagrammer analógico. En 2011, el artista Rob Pruitt instalaba temporalmente una estatua cromada de unos tres metros de altura como homenaje a Andy Warhol en pleno centro de Nueva York. La idea era generar “una conexión directa con el artista”, así que la colocaron allí, en Union Square, al lado del edificio que, antaño, albergaba The Factory. Era una figura a imagen y semejanza de Warhol, como si estuviera allí, caminando por la calle. De una mano colgaba una bolsa de compras y de su cuello una cámara Polaroid Big Shot. El máximo exponente del pop art tenía una relación muy especial con su cámara. No salía de casa sin ella. Desde finales de la década de los 50, el artista se dedicó a retratar todo lo que había en su entorno y no dejó de hacerlo hasta el día de su muerte. La inmediatez suponía un regalo para el ejercicio de su arte y, más allá de esto, el poder de una repetición incombustible dio como resultado un legado de miles de fotografías. Taschen recoge una selección bastante completa de cientos de ellas en el libro que creó en colaboración con la Andy Warhol Foundation: Andy Warhol Polaroids 1958-1984. Las fotografías significaban el antes y el después de sus obras plásticas. Lanzaba carretes enteros de instantáneas desde un mismo ángulo sobre objetos, bodegones e, incluso, personas que después serían, o no, parte del legado de repetición seriada que tanto lo define. De todas ellas, elegía una. Solo una. Algo parecido a la técnica de la ráfaga, a la que ahora accedemos a través de cualquier smartphone de gama media, de las cuales eliges una, y el resto las borras, sin necesidad de ocupar espacio en tu basura. La cámara le dotó de una productividad de vértigo y la convirtió en una herramienta extensible de su cuerpo. De sus manos y sus ojos. Warhol lo fotografiaba todo: amigos, famosos, desconocidos, objetos, paisajes; él mismo. “Una fotografía significa que sé dónde estoy en cada momento. Por eso las hago. Es un diario visual”, decía. Se trata del retrato de una época, de un momento, de su forma de vida y de su entorno. Pero lo que más disfrutó fotografiando fue a sus amigos. Debbie Harry, Nico, Divine, poca gente se resistía a ser retratada por él. Salvador Dalí, Alfred Hitchcock, Basquiat, nadie se escapaba al ojo de Andy. Pero como ya se ha comentado unas líneas más arriba, la cámara se había convertido en algo más que la pluma para escribir su diario. Se ha hablado mucho de su torpeza social y de la necesidad de tener un instrumento tecnológico entre él y su interlocutor. Desde un teléfono a una grabadora (“Mi esposa”, la llamaba) que le acompañó durante años, a la cámara de fotos. Si te sacaba una foto era una forma de decir que le gustabas sin utilizar una sola palabra o la manera de entablar conversación. Las instantáneas, que tardaban tan solo unos minutos en cobrar vida, venían acompañadas de un feedback que suponía el like de los likes en nuestro presente Instagram. Los comentarios sobre la foto tomada se sucedían al instante. Se podría decir que era un instagrammer analógico. Nació en Pittsburgh, Pensilvania. Se crió en el seno de una familia de inmigrantes checoslovacos. Era el menor de tres hermanos. A los ocho años enfermó y, animado por su madre, comenzó a dibujar. Una vez superada la enfermedad, la madre le regaló su primera cámara. “Lo mejor de una fotografía es que nunca cambia, incluso cuando la gente que aparece en ella lo hace”, decía Warhol. Experimentó mucho con ellas. Al obtener de las polaroid un resultado inmediato, el estudio cogía velocidades de vértigo. Su primera cámara de ese tipo tiraba las fotos en blanco y negro: una Type 47. Eso fue a finales de los años 50. Con los 70 llegaron su representativa Big Shot y la SX-70. Juegos de luces y reflejos en los espejos. Tiempo de exposición. Buscaba la captura del momento y precipitaba los cambios. No dudó ni un momento en retratarse a sí mismo. Hay quien asegura que este es el nacimiento del selfie actual. Se fotografiaba con espinillas, con maquillaje y pelucas. Daba igual. Todo valía. Incluso fotografió uno de los episodios más duros de su existencia. El 3 de junio de 1968, Valerie Solanas se presentó en The Factory y disparó tres veces a Warhol. Solo uno de los proyectiles le alcanzó. Suficiente para que en el quirófano estuviera a punto de perder la vida. Finalmente todo salió bien y se recuperó, aunque las secuelas psicológicas fueron brutales para el resto de su vida. Sacó instantáneas de su cuerpo tras la intervención quirúrgica, unos retratos que mostraban las cicatrices de aquel episodio con la intención de convertir algo terrible en algo hermoso. Andy Warhol no solo pintó, dibujó y realizó películas. Consiguió hacer un producto de sí mismo. Se adelantó a su época como el visionario que fue. Gracias a su vasta herencia fotográfica, podemos vislumbrar aquellos años y su estilo de vida. En las 560 páginas impresas del libro de Taschen podemos entender su gusto por lo popular, sus pasiones e intereses, admirar su faceta más intelectual e incluso la más vulnerable. Artículo publicado en el número 9 de papel de L'Officiel Hommes.   

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