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Patrícia Soley-Beltrán

por Andrea Daza Tapia / Foto: Albert Ruso
19.12.2015
Ex modelo y autora de un ensayo que además de premio (el de Anagrama) tiene también el mérito de desnudar con teorías sociales el fenómeno de la moda.
Ex modelo y autora de un ensayo que además de premio (el de Anagrama) tiene también el mérito de desnudar con teorías sociales el fenómeno de la moda.   A sus veinticinco años, Patrícia Soley-Beltrán era una anciana. Los días de gloria, cuando en una sesión fotográfica un tirano cámara en mano le pedía “actitud depredadora”, habían terminado. Ahora, “los clientes pedían chicas tipo Patrícia Soley pero no Patrícia Soley”. Establecer un tipo y no poder serlo, aún siéndolo, fue su fracaso. No es fácil para una modelo vivir el final. Pasó tres años en la luna hasta retomar los estudios abandonados en la Facultad de Geografía e Historia: “Sufría claustrofobia”. Un profesor supo de su pasado y le dijo que debía sacarlo de la pasarela y meterlo en la Academia: “Pensé que estaba loco”. ¡Judas del fashion! Pero no pudo negarse una segunda vez. Una beca Erasmus la llevó a Escocia y en aquel frío se espabiló gracias a “la pobreza y la dureza de los trabajos como doncella, camarera y limpiadora”. Fashion crime. Llegó a presidir la asociación de estudiantes de historia cultural, y en una ocasión, el antropólogo Jack Goody le preguntó sobre su tribu, las modelos, que por aquella época, a principios de la década de los noventa, ya se habían convertido en deidades. — ¡Todo es un gran engaño! — ¿Por qué? — preguntó Goody. Había nadado como pez en las aguas de una industria, le acaban de preguntar cómo estaba el agua y no supo qué demonios era el agua. Entonces, Patrícia asumió que era un salmón, que iba a contracorriente, que tenía escamas y bastantes agallas. Entre Chanel y Foucault, se hundió en las teorías de género, se debatió entre objetividad y subjetividad. Nunca más negaría su pasado. Quería hablar desde el verdadero backstage. En el trabajo final de carrera se propuso analizar a las modelos como fenómeno cultural: “Si yo fuera una antropóloga extranjera de visita en mi propia cultura, ¿qué me diría la adoración de las modelos de moda de la sociedad en la que surgen?”. Lo llaman sociología del cuerpo, y a ella le sirvió para explicar su viaje vital. En el punto culminante de su carrera como modelo, a los 22 años, había pasado dos meses en Japón interpretando el papel más triste de su vida: ella la que vende, la que posa, la que finge. En los templos de Kioto, bajo la lente de fotógrafos profesionales y de miles de ojos rasgados que la fotografiaban por la calle, le gritaban “¡diabla extranjera!”. Además, su agencia abusaba de ella con tarifas excesivas: sobre el billete aéreo, sobre el alquiler. “No éramos las chicas glamurosas que, supongo, veía en nosotras la juventud nipona que nos seguía la pista”. Fue el viaje del desengaño. Se había hecho modelo porque la fachada que vio la sedujo y decidió entrar. Ahora quería entender cómo había operado la seducción. ¿Cómo es que Cindy Crawford puede tener complejos? ¿Cómo es que Seal y Heidi Klum no fueron felices para siempre? “No es lo mismo la persona que la máscara”, escribe en ¡Divinas! Modelos, poder y mentiras, premio Anagrama de Ensayo 2015. Faz y disfraz, ser y parecer. El glamour es un artificio, dice. “La divina es una autómata hecha de carne, papel y hueso”, escribe. El libro repasa la historia de las modelos y de la industria que las envuelve. Ellas son el símbolo que determina un canon de feminidad. Es una idea que implica una dificultad: “Imitar un original donde no había más que un ideal ficticio”. Lo que somos las mujeres, lo que queremos ser, lo que la sociedad nos pide que seamos. Y por oposición, lo que todo eso le dice al hombre. “Una mujer es un no-hombre”, sostiene Patrícia. Y la pasarela marca lo que las mujeres deben comprar y lo que un hombre debe desear. En ¡Divinas!, sin embargo, no hay culpa ni redención: “El problema no es la creación imaginativa idealizante en sí, sino que su atractivo esté enteramente basado en su cotización mercantil, en su propia capacidad de generar dinero y que, además, su acceso esté vetado a la mayoría”. Al final, esto no es ni bueno ni malo. “No se trata de emitir condenas”, remata Patrícia. “Se trata de entender qué es lo que nos gusta y por qué. Eso nos hará más libres para decidir”. En definitiva, se trata de conocer cómo opera el artilugio. A sus 52 años, Patrícia Soley-Beltran goza de hacer más fotos para revistas que en sus días de gloria como modelo. Mientras realizaba su doctorado, no faltó quien le recomendara un par de gafas para acentuar su intelectualidad, acaso buscando una “actitud menos depredadora”. Ahora las lleva, las gafas, pero solo porque las necesita. Y se siente más joven que a los 25. ¡Divina!

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