Nací durante una alarma antiaérea. Fue el 17 de enero de 1944. Mi madre solía contar que lloré todas las noches de mi primer mes de vida, pero que nunca vino a atenderme. Orgullosa por no haber cedido a lo que consideraba un capricho, se jactaba de que al cabo de un mes lo comprendí y no volví a llorar. Hoy pienso que lo que comprendí es que cuanto más llamas a alguien, menos viene, que es necesario tragarse las lágrimas y no pedir nada.
¿Cómo podía tener rencor a mi madre? No tenía más que 23 años y creía que hacía lo mejor.
En casa todo estaba reglamentado. Teníamos un pequeño baño sin pestillo y desde que tuve 10 años mi abuela cogió el hábito de irrumpir cuando estaba desnuda. Ponía empeño en avergonzarme hablando de lo gordo que tenía el vientre, hinchado por las fuertes tensiones que me bloqueaban el intestino.
Todo lo relacionado con mi padre estaba aún más reglamentado que el resto y comprendí que mi hermana y yo éramos dos secretos y que nadie de su entorno debía estar al corriente de nuestra existencia ni del vínculo familiar que nos unía.
Hacer algo en público me paralizaba entonces y ahora. En el colmo de las paradojas, vista cuál sería mi actividad profesional, me aterrorizaban las clases de canto en que, por turnos, cada una de nosotras debía vocalizar.
Fue a finales de los 50 cuando giré el dial de la radio y me encontré una emisora que difundía sin interrupción música country-rock inglesa y americana interpretada por artistas muy jóvenes con los que me identifiqué inmediatamente, pues expresaban la soledad y el malestar de la adolescencia.
Mi formación musical fue muy escueta. Mi padre tocaba el piano y eso hizo que recibiera clases en mi infancia hasta que supliqué a mi madre que me librara de ellas. Al mismo tiempo preparaba el examen de Bachillerato, y mi madre y yo pensábamos profesiones razonables: secretaria, enfermera...








