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Descubriendo a Françoise Hardy

Menos fácil, la vida de la cantante francesa Françoise Hardy se podría acompañar de casi cualquier calificativo.
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Menos fácil, la vida de la cantante francesa Françoise Hardy se podría acompañar de casi cualquier calificativo. Todo cambió en 1962, cuando su primer single, Tous les garçons et les falles, apareció en la televisión gala.

Nací durante una alarma antiaérea. Fue el 17 de enero de 1944. Mi madre solía contar que lloré todas las noches de mi primer mes de vida, pero que nunca vino a atenderme. Orgullosa por no haber cedido a lo que consideraba un capricho, se jactaba de que al cabo de un mes lo comprendí y no volví a llorar. Hoy pienso que lo que comprendí es que cuanto más llamas a alguien, menos viene, que es necesario tragarse las lágrimas y no pedir nada.

¿Cómo podía tener rencor a mi madre? No tenía más que 23 años y creía que hacía lo mejor.

En casa todo estaba reglamentado. Teníamos un pequeño baño sin pestillo y desde que tuve 10 años mi abuela cogió el hábito de irrumpir cuando estaba desnuda. Ponía empeño en avergonzarme hablando de lo gordo que tenía el vientre, hinchado por las fuertes tensiones que me bloqueaban el intestino.

Todo lo relacionado con mi padre estaba aún más reglamentado que el resto y comprendí que mi hermana y yo éramos dos secretos y que nadie de su entorno debía estar al corriente de nuestra existencia ni del vínculo familiar que nos unía.

Hacer algo en público me paralizaba entonces y ahora. En el colmo de las paradojas, vista cuál sería mi actividad profesional, me aterrorizaban las clases de canto en que, por turnos, cada una de nosotras debía vocalizar.

 

Fue a finales de los 50 cuando giré el dial de la radio y me encontré una emisora que difundía sin interrupción música country-rock inglesa y americana interpretada por artistas muy jóvenes con los que me identifiqué inmediatamente, pues expresaban la soledad y el malestar de la adolescencia.

Mi formación musical fue muy escueta. Mi padre tocaba el piano y eso hizo que recibiera clases en mi infancia hasta que supliqué a mi madre que me librara de ellas. Al mismo tiempo preparaba el examen de Bachillerato, y mi madre y yo pensábamos profesiones razonables: secretaria, enfermera...

Contra todo pronóstico aprobé las pruebas de Bachillerato. Mi madre sugirió a mi padre celebrarlo regalándome algo que me gustara de verdad. Dudé mucho entre una guitarra y un transistor portátil. ¿Por qué elegí la guitarra? Sería incapaz de decirlo. Mi futura vida sería resultado de esta elección crucial.

En la Sorbona me dejé seducir por un hombre de origen tunecino, Kelil. Una tarde reservó una habitación de hotel y yo lo seguí con el ánimo de alguien que tenía que someterse a una operación quirúrgica delicada. Por extraño que parezca, no recuerdo más que las paredes mugrientas y el intenso alivio que sentí al salir de allí. Como mi candidez no tenía límites y dado que no escondía nada a mi madre, quien nunca me había dado la más mínima formación sobre cómo se hacían los niños, le conté lo que había pasado con cierta euforia. Palideció y sus cabellos se volvieron blancos en 24 horas. No supe tranquilizarla y y olvidando inoportunamente que Kelil había utilizado preservativo, le conté como último recurso que no había sentido nada.

 

Un día vi un anuncio que decía que una casa de discos importante deseaba hacer audiciones a debutantes. Algo más fuerte que yo me dijo que si no aprovechaba aquella oportunidad lo lamentaría toda mi vida. Llegué a Pathé-Marconi con mis canciones simplonas y me escucharon durante 20 minutos.

Al volver de vacaciones me enteré de que había vendido 2.000 discos, lo que me pareció asombroso. Uno de los programadores de Europe no1 llegó a vaticinar que vendería 40.000 ejemplares. Lo tomé por un loco. Unos meses más tarde Tous les garçons et les filles alcanzaba el millón de copias vendidas.

Sobra decir que estaba completamente desbordada y que era incapaz de darme cuenta de la que se me venía encima. No, realmente nunca hubiera imaginado que el mundo de la canción me abriría tan fácilmente las puertas, y todavía menos que estas se volverían a cerrar enseguida creando una prisión dorada en la que, me gustara o no, iba a pasar el resto de mi vida.

Dos de mis canciones fueron adaptadas al inglés, sin embargo, a la prensa anglófona le interesaba más como embajadora francesa que como cantante. Tuve la suerte de que la morfología andrógina que tanto me acomplejaba se ajustara a la radical revolución que impulsó André Courrèges. Necesitaba un vestido para actuar y eché el ojo a una de sus creaciones: un conjunto inmaculado de pantalón y túnica a juego con botines blancos. Siempre he tenido cariño y admiración por él y su mujer. La lógica, en parte inconsciente, que me llevó a ellos y no a Dior o Saint Laurent me sorprende aún hoy en día por su indiscutible evidencia.

Incapaz de probar bocado antes de mis actuaciones, iba a comer a discotecas de moda, los únicos sitios donde tenía garantizado un servicio míni- mo. Por allí vi des lar a Eric Burdon, Catherine Deneuve, los Rolling Stones.... Su extraño comportamiento me desconcertaba. Al ignorar la existencia de las drogas, duras y blandas, no me daba cuenta de que todos iban más o menos colocados. Por su parte, ellos me veían sin boyfriend y dedujeron que era lesbiana.

 

Uno de mis cantantes favoritos, Bob Dylan, actuaba en el Olympia y yo llevaba meses loca por asistir al concierto, que fue decepcionante. Tras haber reaccionado con frialdad a una primera parte que no estuvo a la altura, el público se puso a silbar mientras el entreacto se eternizaba. Ante mi enorme sor- presa, alguien vino a decirme al oído que Dylan no volvería a salir al escenario a no ser que fuera al camerino. Una vez delante de él me espantó su delgadez, su rostro cadavérico, sus uñas demasiado largas... Era evidente que enfilaba una cuesta abajo.

Según mi punto de vista, la relación sexual sin amor reduce y degrada al otro al estado de objeto, como lo prueba el regusto amargo que deja con mucha frecuencia.

La superpoblación es un desastre, y una parte no insignificante de los problemas del mundo vienen de quienes se han equivocado trayendo al mundo niños no deseados. Yo fui una de las primeras jóvenes francesas que hicieron uso de la anticoncepción unos años antes de su legalización en 1967 gracias a mi ginecólogo, una persona avanzada que me puso un DIU cuando tenía 20 años.

Mi madre sufría la enfermedad de Charcot, cuyos efectos la condenaban a morir ahogada. Desde siempre, tanto la una como la otra éramos tenaces partidarias de la eutanasia. El culto al martirio y la idea de tener que llegar hasta el extremo de inevitables sufrimientos atroces siguen do- minando el pensamiento occidental.

Todos esperamos morir lo más tarde posible, sin darnos cuenta de que a partir de cierta edad la máquina comienza a dar problemas, que se van sucediendo cada vez con mayor sufrimiento sin darte tiempo ni a respirar. Apenas una brecha parece cerrada otra señal de alarma resuena. ¿Puede ser que con el tiempo la prisión del cuerpo se vuelva cada vez más insoportable porque el alma la abandona con cada vez menos lástima?

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