Un legado reinventado
Construido sobre 1,400 acres de la antigua finca de Laurance Rockefeller, Dorado Beach honra su linaje histórico con una sensibilidad moderna. La reapertura del resort en 2018 marcó una nueva era para esta joya caribeña, con 96 habitaciones y suites frente al mar rediseñadas en armonía con el paisaje. Espacios que se abren completamente al entorno —gracias a puertas corredizas de piso a techo— y que integran piscinas privadas, duchas al aire libre y terrazas donde el océano se convierte en parte de la habitación.
Más de 300,000 nuevas plantas fueron sembradas para acentuar la inmersión sensorial, mientras que cada detalle —desde los interiores minimalistas hasta los jardines tropicales— refleja un compromiso con la autenticidad, la privacidad y la belleza natural.
Gastronomía con alma local
Dorado Beach se distingue también por su propuesta culinaria, que combina la excelencia gastronómica con el sabor local y técnicas internacionales. En el restaurante insignia COA, el fuego se convierte en ritual. Inspirado en la herramienta agrícola taína que da nombre al lugar, COA presenta una parrilla abierta donde los ingredientes de temporada se transforman en obras maestras. Su bodega, La Cava, alberga más de 650 etiquetas de vino cuidadosamente seleccionadas —incluyendo joyas como Château Latour 1990 y Vega Sicilia Único 1960—, convirtiéndola en una de las colecciones más impresionantes del Caribe.
Para los que prefieren sabores marinos y vistas sin filtros, Positivo Sandbar ofrece una experiencia tan sofisticada como relajada, donde el sushi y el ceviche se sirven literalmente con los pies en la arena. El bar Omakase, dirigido por el maestro japonés Masato Okamoto, es una experiencia íntima que celebra la precisión del corte, la frescura del mar y el respeto por el producto.
La exploración gastronómica continúa en Encanto Beach Club Bar & Grill, ideal para disfrutar de mariscos frescos y cocina mediterránea junto a la piscina, mientras que Flor de Sal propone un festín al aire libre inspirado en Italia, donde la sal —ingrediente sagrado y simbólico— actúa como hilo conductor de la experiencia.























