Todo es fugaz. Llega y se va. Lo sabemos. No podemos hacer nada. Nada que no sea estar -y ser- antes de perder la oportunidad, el momento, el sentimiento. Aceptamos las reglas del juego porque a cambio, todavía nos quedan miradas en las que detener el tiempo. Y eso alivia. Tampoco hace falta ir lejos. Seguro que tienes cerca esos ojos. Pero si ahora quieres, podríamos irnos a una mirada. A una mirada por dentro. A la de ellas, las geishas. Allí también se para el tiempo. Descubrir como es su vida y romper el secreto para siempre.
Geiko es la palabra, en el dialecto de Kyoto, para referirse a una geisha. Gei se traduce como “arte” y sha significa “persona”. Sin embargo, a pesar de esta traducción tan inspiradora, lo primero que sigue viniéndonos a la cabeza cuando escuchamos este término es un componente erótico que se ha instalado erróneamente entre nosotros. Así que mejor dejarlo claro al principio, antes de meternos aún más en sus miradas. Una geisha no es una compañía que ofrece placer sexual.
Tampoco es extraño que sigamos teniendo dudas acerca de cómo es su día a día. El hermetismo es casi absoluto. Podríamos quitar incluso el “casi”. Por eso, cuando hay alguien que consigue traspasar esa frontera, las sorpresas están aseguradas.
Quiero ser una geisha
Lo que primero deben hacer es, quererlo. Desearlo. Soñarlo. Sin esa voluntad, nada tiene sentido. El paso siguiente es contactar con la residencia -hanamachi- en la que vivirán durante un tiempo mientras mantienen despierta su vocación. Allí aprenderán todo lo que necesitan junto a la figura de la okâsan, la propietaria de la residencia, su segunda madre. Normalmente tardarán un año en relacionarse con otras geikos. Mientras tanto, se dedican en cuerpo y alma al arte. Es su máxima aspiración. No pueden – ni quieren - compaginarlo con otros estudios o trabajos.
Arte también es su vestimenta. Kimonos tejidos y pintados a mano. Piezas únicas. Inimitables. Poéticas. Cuando se convierten en geishas, necesitan un kimono de invierno, otro de verano y uno de primavera/otoño, además de los accesorios correspondientes. Antes, los clientes hacían regalos y donaciones con las que ellas podían financiar tanto los trajes como su debut como geishas, que suele costar unos 30 millones de yenes. Ahora, las tasas de transacción por realizar un obsequio dificultan este intercambio. Sin embargo, las pueden no financiar nada a cambio de no cobrar honorarios durante 5 años. Además, las propietarias de las les suministran los kimonos y se responsabilizan de otros gastos para hacer realidad su sueño.








