Apenas conocida en su país natal - el nuestro - hasta hace un año, es una figura en el mercado internacional. Inspiró la última colección de Manchen Tomás y presentará su primera gran exposición en España en otoño.
Los últimos años han sido los del descubrimiento de Lita Cabellut, una presencia artística que, sin embargo, sigue envuelta en misterio y leyenda. Sí es cierto que la vimos en el puesto 419 en la edición 2013/2014 del Top-500 de la lista de artistas más cotizados de ArtPrice –la publicación de referencia del mercado internacional de subastas de arte– y ratificó su cotización al alza subiendo hasta el puesto 333 en la edición de 2014/2015, por detrás de Miquel Barceló y Juan Muñoz, los otros dos únicos artistas españoles incluidos en ese ranking. Nacida en la localidad oscense de Sariñena el 24 de octubre de 1961 y residente desde hace más de 30 años en La Haya, la gran oportunidad de ver aquí su obra llegará en octubre, cuando se inaugure la exposición que le dedicará el Espai Volart de la Fundació Vila Casas de Barcelona.
Ha comentado que “La romería de San Isidro”, de Goya, fue su epifanía, cuando descubrió a los 13 años, en El Prado, ese cuadro; pero por el color y el desgarro elegante de sus personajes, a mí me viene más a la cabeza, como influencia en su obra, El Greco. ¿Estoy equivocado?
No, para nada, lo has leído muy, muy, muy, bien. Ese desgarramiento de espíritu. Esos personajes tan auténticos que me parecían mas vivos que la gente que veía en la calle. El desprendimiento de tierra de lo terrenal que, aunque fuera un truco óptico, es superimpactante. El Greco tiene mucho que ver en mi formación artística: la honestidad de la locura de sus modelos, la fragilidad y ternura de su trazo. Con la misma violencia que es la propia vida, esos son los barómetros de hoy en día en mis retratos.
Se considera una artista “española”, cuando la mayor parte de su vida la ha pasado en los Países Bajos. ¿Qué es lo que le ata tanto a unas raíces, por lo demás, dolorosas?
Yo soy española, me lo dictan mis genes. Mi ADN tiene memoria. Es algo irremediable. Claro que después de tantos años de estar fuera puede que, quizá, el olor a perfume recién puesto se haya esfumado, pero cuando te acercas a mí la esencia está aún muy presente.








