Carolina Kleinman, fundadora de la marca de lujo Carolina K, define su hacer entre moda y artesanía como parte de su ADN. Desde la tienda insignia en el Miami Design District busca dotar de humanidad a objetos cotidianos, como una chaqueta de broderie artesanal, un plato de porcelana hecho a mano o un otomán profusamente bordado. “Tengo un hijo de 16 años que pertenece a una generación muy tecnológica. Trato de inculcarle que lo más importante en la vida es elegir algo que te apasione y con lo que puedas hacer una diferencia”, dice la diseñadora. Y esa es, posiblemente, una de las claves de una firma que creció lenta pero segura.
L’OFFICIEL: ¿Cuándo nació tu interés por la moda?
CAROLINA KLEINMAN: Provengo de una familia con tradición textil. Mi mamá era diseñadora de ropa. Entre los años 1970 y 1980 abrió unas tiendas junto con mi tía, luego se independizó. Cuando yo salía de la escuela iba al taller de costuras, la mesa de corte y las telas eran mi espacio de juego. Después comencé a acompañarla en los viajes de trabajo a Brasil. Cuando terminé el colegio secundario no tenía claro qué quería hacer pero sabía que era dentro de lo artístico. Mi papá tocaba el piano y yo la guitarra y cantaba. Me fui a Los Ángeles, donde estudié música y actuación. Mientras tanto, trabajé como estilista en una casa de moda. Fue un paréntesis de cuatro años.
L’O: Al parecer, la moda se impuso entre tus preferencias
CK: Es que creo que estaba naturalmente en mi ADN. Mi abuelo, fundador de la Fábrica Nacional Textil de Pasamanería y Anexos, comerciaba entre Buenos Aires y La Paz, donde vivió unos años. En casa había un montón de objetos prehispánicos. Cuando volví de Los Ángeles comencé a diseñar y producir pequeñas colecciones de ropa. En un momento viajé a Tilcara y quedé impactada con los textiles artesanales. Allí surgió el plan de ir a Bolivia para conocer los lugares donde habían vivido mi abuelo y mi papá. No podía creer que todas esas hermosuras que encontraba en los mercados locales no estuviesen más difundidas y algunas, incluso, se estaban dejando de hacer. En ese primer viaje nació mi primera colección artesanal a mano.
L’O: ¿Cómo fue construyéndose el vínculo con las comunidades artesanas?
CK: Creo que la mejor manera es vivir donde se producen las artesanías y compartir mucho tiempo con las personas que las crean. De Bolivia fui a Perú y me quedé unos meses allí para sacar una segunda colección. Más tarde, me mudé con mi esposo –que aunque es argentino vivía en las afueras de la Ciudad de México– a un pueblito mágico que se llama Tepoztlán. Desde ahí empecé a trabajar con comunidades en Oaxaca, en Chiapas, en Puebla. Cada una de las piezas de Carolina K tiene una etiqueta que informa en nombre de la persona que intervino y los días que demandó su producción.
L’O: ¿Las nuevas generaciones de artesanas están interesadas en perpetuar los saberes ancestrales?
CK: Darle visibilidad al trabajo artesanal es fundamental. El año pasado me uní a la Food and Agriculture Organization of the United Nations (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura- FAO) en el programa Fashion for Fragile Ecosystems. El objetivo de esta iniciativa es detectar problemáticas en comunidades remotas para ver qué podemos hacer desde la moda para mejorar su situación. En 2025 participé del documental Heart Dress (Vestido con el corazón) que se estrenará en los próximos días en Roma. Se trata de la experiencia de cuatro diseñadores miembros del proyecto FAO en distintas locaciones –yo filme en Perú– donde se identifican problemas y se buscan soluciones puntuales. Para mí esto es apasionante.
L’O: ¿Cómo empezaste en Miami?
CK: Cuando llegué se acababa de abrir el Hotel Faena. Allí armé una tienda que reunió cuarenta y cinco proyectos que compartían los mismos valores de producción ética. Esos mismos principios continuaron en la actual tienda de Carolina K en el Design District.
L’O: ¿La marca cumple un rol formativo?
CK: Definitivamente. En la tienda tenemos marcas argentinas, mejicanas, peruanas, colombianas, entre otras, y cada una es portadora de su cultura. Además, la clientela valora el comercio justo y el cuidado del medioambiente. También trabajamos con telas sustentables, como cáñamo, cupro, algodón orgánico, lino y tencel -con el que hacemos el denim- que, a veces, demandan una explicación. Fuimos una de las primeras marcas en aplicar el concepto Zero Waste (cero desperdicio). De a poco, quiero convertir a Carolina K en algo más atemporal porque no me parece sustentable sacar una nueva colección cada cuatro meses.
L’O: ¿Cómo surgió la línea para el hogar?
CK: La línea para el hogar surgió como una extensión natural de Carolina K. Empecé con los ottomans y después fui incorporando distintas piezas, como los platos de porcelana pintados a mano por artesanos de comunidades en Colombia y Portugal, que pasan por alrededor de 30 manos durante su proceso de elaboración. También tenemos lámparas realizadas en el norte de Argentina. Son colecciones atemporales que forman parte del universo de Carolina K y se venden durante todo el año.
L’O: ¿Cuál fue tu último trabajo?
CK: Con la colección primavera-verano quise homenajear a Buenos Aires. Se la dediqué a mi mamá, que lamentablemente se fue en 2021. Los caballos fueron el elemento principal. Por otro lado, combiné el fileteado porteño de un artista con el Sol de Mayo y otros elementos simbólicos. La presenté en el bar El Federal, en San Telmo. Con el tiempo, Carolina K se convirtió en esta especie de árbol de la vida donde conviven el misticismo, las plantas sagradas, los espíritus animales, las constelaciones. Me encanta transmitirle a las nuevas generaciones que tener un negocio y hacer el bien es posible.
Fotografías: Andrea Oyuela e Iván Belautegui.











