Hubo un tiempo en el que, por Ibiza, en contraste con el blanco inmaculado de sus casas encaladas, pululaban tonos grises, ocres y negros que mandaban en el guardarropa de los payeses como si fueran su segunda piel. Ellas apenas mostrando un centímetro de anatomía, oculta bajo faldas hasta los pies y pañuelos que cubrían su cabello, casi siempre recogido en una infinita trenza. Ellos, con gabanes de tejidos ásperos, espardeñas y sombreros de paja para mitigar el sol de la isla. Cómo imaginar entonces que, unas décadas después, la moda adlib vendría para enseñarlo todo, democratizando pechos, ombligos y muslos entre las miradas indiscretas...
Hubo un tiempo en el que los carros tirados por burros conducían a la gente por caminos de tierra de Santa Gertrudis, San Antonio o el mismísimo paseo de Vara del Rey. O que desde las playas vírgenes solo se divisaban pequeñas barcas de pescadores, sencillamente porque a quién se le iba a ocurrir bañarse en aquel Mediterráneo ¡y menos medio desnudos!
Hubo un tiempo en el que los pitiusos ni en su peor pesadilla soñaban con recibir hordas de turistas. Y en el que los extranjeros que viajaban a la isla –y no digamos los que se instalaron en ella– podían contarse casi con los dedos de ambas manos. Erwin Broner, arquitecto y pintor alemán, fue uno de ellos. Llegó a Ibiza en 1933, con 36 años, huyendo del nazismo. No fue el único. Como él, otros muchos artistas e intelectuales judíos (como el filósofo Walter Benjamin, el pintor Will Faber o el fotógrafo Raoul Hausmann) pusieron tierra de por medio al horror nazi y encontraron allí un refugio perfecto. Lo de Broner con la isla blanca fue un flechazo. Sin dinero (el régimen de Hitler le había confiscado todas sus posesiones) y separado de su primera mujer, había decidido establecerse en Mallorca. Sin embargo, el barco de vapor que le trasladaba de Barcelona a su destino se detuvo unas horas en Ibiza. En ese mismo instante, se enamoró de aquel lugar asilvestrado donde el tiempo parecía haberse detenido. Y allí se quedó, aunque la guerra civil española acabó con su particular Arcadia, y le obligó de nuevo a hacer las maletas, entonces rumbo a Nueva York. Allí conocería a Gisela Strauss, una brasileña de padre alemán que sería su tercera (y definitiva) esposa, y a quien trasladaría el amor por su paraíso balear.









